SU JUGUETE PREFERIDO
(Scacco pazzo)
1989

dos tiempos de
Vittorio Franceschi
 
 

traducción

Xavier Serra Estellés
Antonio Tordera Sáez
 



 
 

personajes

Antonio, de unos 40 años
Valerio, unos cuantos años más
Mariana, de unos 30 años


 















 
 
 
 

PRIMER TIEMPO
 

CUADRO 1º

Estancia de un apartamento pequeño burgués. Mobiliario de los años 50 con TV de color y otros objetos más recientes, que sugieren una superposición de estilos, sin especial esmero ni gusto. Al fondo, un vano de arco más bien ancho que da al pasillo. Más allá del arco hay una puerta con cristales esmerilados que da al baño. Junto a la puerta, a su izquierda, un gran ventanal con cristales opacos que da al patio de vecinos. En la derecha del pasillo, invisible para el público, está la puerta de entrada al apartamento. En la izquierda, también invisibles para el público, están las puertas de los dormitorios. En la pared de la derecha, hacia el fondo, hay una puerta de cristales que da a la cocina. Un poco más hacia el proscenio, una puerta-ventana que da a una pequeña terraza repleta de cartones, trapos y macetas en las que, en algún tiempo, debió de haber flores. Junto a la pared del fondo, entre el vano del arco y la pared de la derecha, un gran aparador con vitrina lleno de platos, vasos, ollas, etc. En las gavetas hay todo tipo de objetos. Bajo el vano, cerrado por dos postigos, hay sábanas, toallas y ropa blanca. En la repisa del aparador un reloj de cocina parado desde tiempo inmemorial, una linterna eléctrica, recipientes llenos de destornilladores, tijeras, trozos de cuerda, etc. También hay un búcaro para flores, de cristal. Junto al aparador un carrito con botellas de licor y vasos. Entre el vano del arco y la pared de la izquierda hay un perchero de latón con tres brazos, de los que cuelgan: un batín corto, un delantal de cocina, un chal, un vestido de mujer sin mangas; más un sombrero tipo Borsalino y dos pelucas, una gris, con los cabellos recogidos hacia atrás, y una rubia, con los cabellos ondulados. Al pie del perchero, un par de zapatos de mujer, de medio tacón. Adosada a la pared de la izquierda hay una mesita con una vieja radio encima. Más atrás, una puerta evidentemente no utilizada, porque está obstruida, como el resto de las paredes, por montones de cuadernos, blocs de notas, ficheros y otros materiales de papelería. En el proscenio, a ambos lados, dos butacas desgastadas; junto a la de la izquierda, una mesita con un teléfono encima; detrás de la de la derecha, una mesa ovalada de formica y cuatro sillas; delante del sillón de la izquierda, un televisor con la pantalla orientada hacia el fondo. Un poco más hacia el centro, en el proscenio, un trenecito eléctrico y sus vías. Desparramados por todos los sitios, revistas, tebeos de Topolino y diferentes juguetes. En el suelo, junto al sillón de la derecha, una pelota de colores. Es una mañana de principios de otoño. Desde el cuarto de baño se oye la voz de Antonio que juega a la guerra. Se ve la silueta a través de la puerta acristalada. De la cocina sale Valerio: aspecto desaliñado, camisa con una anodina corbata y pantalones marrones. Va al perchero, se pone el delantal y la peluca gris, y llama a la puerta del baño.

Valerio. Antonio... (Entra en la cocina).

Antonio. ¡Crack! ¡Boom! ¡Ta-ta-ta-ta-ta!

Valerio. ¡Tonín, ya está!

Antonio. ¡No puedo, estamos en guerra!

Valerio. ¡El desayuno! (Reaparece con un pequeño mantel, que extiende sobre la mesa).

Antonio. (Imitando el vuelo de un avión)Moooouuuuuummmm....

Valerio. ¿No podrías firmar un armisticio?

Antonio. No.

Valerio. Después continuáis.

Antonio. ¡No! La guerra se acaba cuando yo lo diga.

Valerio. (Entrando en la cocina). Vale, vale. Pero el desayuno ya está (La puerta del baño se abre y aparece Antonio. Lleva puesto un smoking nupcial ya desgarrado y lleno de manchas sobre una camisa grasienta con la pajarita aflojada. En los pies, zapatos puntiagudos negros. En una mano lleva un tanque y en la otra un avioncito).

Antonio. Yo no quiero miel (Pone el tanque sobre la mesa y le hace dar vueltas alrededor del avión. El tanque dispara chispas). ¡Ta-ta-ta-ta! ¡Mooouuuummmmmmm... Bang! (Vuelve Valerio con una bandeja sobre la que lleva una taza humeante, con pan, mantequilla, dos tarritos de mermelada y un plátano. Valerio deposita la bandeja sobre la mesa).

Antonio. ¿La has tirado por la ventana?

Valerio. ¿El qué?

Antonio. La miel.

Valerio. Ah..., sí, sí. La he tirado.

Antonio. ¿Ha hecho ruido?

Valerio. Parecía una bomba. Por poco abolla la furgoneta del frutero (Se sienta a la mesa, sorbe un café con desgana).

Antonio. Mamá, ¿tú no comes?

Valerio. Ya he desayunado.

Antonio. Oye, ¿los cabellos rubios son rubios porque las mujeres son rubias?

Valerio. Sí, exacto, por eso.

Antonio. ¿Rubias como Isabel?

Valerio. Calla y come. ¿Quién gana?

Antonio. Los extraterrestres (Deja caer el avión en la taza del café con leche). ¡Tocado!

Valerio. (Se levanta rápidamente y le da un pescozón). ¡Estúpido!

Antonio. ¡No! Mamá no me pega.

Valerio. Quizás no te acuerdas. (Con un paño seca el café con leche derramada).

Antonio. (Con aire de resentimiento). ¡No! El papá sí, la mamá no.

Valerio. Pues el café con leche se ha acabado. Si quieres te tomas éste.

Antonio. Está lleno de gasolina; le he dado en el depósito.

Valerio. Tranquilo. Cómete el plátano.

Antonio. No lo quiero.

Valerio. Entonces me lo como yo (Alarga la mano para cogerlo).

Antonio. ¡No! (Coge el plátano, lo pela rápidamente y pega un gran bocado. Valerio se lleva a la cocina la bandeja con el resto del desayuno, incluido el avioncito que continúa sumergido en la taza).

Valerio. Prepárate, ya es hora de ir al colegio. ¿Te has limpiado los dientes?

Antonio. (Que se está comiendo el plátano a grandes bocados). No, no me los limpio, no me los limpio. La mamá me ha hecho daño. (Con los dientes apretados). ¡No me los limpio! ¡Y devuélveme el avión! (Valerio, desde la cocina, le lanza el avioncito con toda la fuerza contra Antonio, que lo esquiva por un pelo).

Valerio. ¡Viva la marina!

Antonio. No eres la mamá. Es inútil que finjas. ¡No eres la mamá!

Valerio. Está bien, soy tu hermano, me has descubierto. ¿Has preparado la cartera?

Antonio. Yo no voy al colegio. Yo soy un niño bueno. Los demás son todos malos. Me rodean y me roban las figuritas. Entonces les escupo. Y ellos me pegan. Porque yo aún no soy mayor ni fuerte. En el cuarto curso soy todavía un crío y si me escapo me cogen enseguida y me roban las gomas. Yo no voy al colegio. (Valerio entra de nuevo, se ha quitado la bata).

Valerio. ¿Te lo tengo que decir otra vez? ¿Prefieres que insista?

Antonio. No, por hoy ya está bien.

Valerio. Voy a bajar, que ya son las ocho. Debo abrir la tienda (Se quita la falda y la peluca y los cuelga en el perchero).

Antonio. ¿Cuándo vuelve el papá?

Valerio. A las doce y media. Si no hay clientes volverá antes.

Antonio. ¿Por qué? ¿Es que ya no viene Lucía?
 

Valerio. (Que del montón ha cogido una carpeta llena de folios y los está revisando). ¿Sabes cuántos años tiene Lucía? Setenta y tres. Desde entonces han pasado once años. Durante once años ha mantenido el orden en esta casa. Contigo dentro. Ahora se ha enfadado.

Antonio. Y así yo me quedo solo toda la mañana.

Valerio. Yo también estoy siempre solo.

Antonio. Quiero una baby-sitter.

Valerio. No se encuentran baby-sitter para niños como tú.

Antonio. Busca más.

Valerio. No quieren.

Antonio. Malas putas.

Valerio. Tú eres un niño demasiado especial.

Antonio. Y ellas son todas unas putas especialísimas.

Valerio. Haría falta una mujer en esta casa, yo también lo sé. Mira (Con un gesto muestra el desastre que hay alrededor).

Antonio. Yo no he sido, has sido tú.

Valerio. (Con el tono del que hace el mismo sermón por enésima vez). No contestar al teléfono. No encender el gas. No hacerte pipí encima. No dejar la nevera abierta. No tocar los enchufes. Deja tus juguetes ordenados. Si es preciso toca la campana que vendré enseguida. Pero sólo si es absolutamente necesario (Desaparece por el pasillo).

Antonio. Valerio...

Valerio. Ummmmm.. (Vuelve).

Antonio. ¿Cuántos años tendría, hoy, Isabel?

Valerio. 38

Antonio. ¿Y yo cuántos tendría?

Valerio. 42.

Antonio. ¿Y cuántos tengo?

Valerio. 7, 8, 3 (Desaparece por el pasillo). 6, 10, 12, 4 (Se oye el ruido de la puerta de entrada que se cierra a sus espaldas).

Antonio. Tengo la edad de los dinosaurios, aunque me muera joven como las florecitas. ¿Verdad, mami? En primavera empiezo a crecer, poco a poco. Primero un dedito, después toda la manita, después todo, todo el tallo. Cuando conocía a Isabel apenas había crecido un poquito y ella estaba a punto de pisarme. Entonces le grité: "¡Cuidado!" y ella dio un saltito y me esquivó. Amor a primera vista, ¡tallo y todo! Si hubiese nacido en una avenida no nos habríamos encontrado nunca. Pero tuve suerte y nací en un callejón, entre dos piedras, y ella aquel día pasaba por allí. ¡Qué suerte! ¿Diga? ¿Diga? (Se mira al pecho, habla como si debajo de su camisa hubiera alguien). Isabel es hermosa y todas las demás son feas. Y si alguien dice que no, me haré pipí encima. ¡A ver quién se atreve! ¡Todas feas, todas feas, todas feas! !Que me hago, ¿eh?, que me hago! ¡Te lo había dicho! Pssssss..... Psss...... (Se hace pipí encima, con las piernas separadas, con expresión feliz y trágica mientras la luces se apagan poco a poco).
 
 
 
 
 

CUADRO 2º

Es la hora de la comida, la escena está vacía. Se oye la puerta de entrada al abrirse y después al cerrarse. Unos pasos en el corredor hasta que aparece Valerio. Tiene en la mano dos bolsas de plástico de la compra y un periódico. Lo deja todo sobre la mesa y con el mando a distancia pone en marcha el televisor. Se oye la música del telediario.

Antonio. (Desde la habitación) ¿Eres tú papá? (Valerio no contesta, va al perchero y se pone el batín y el sombrero). ¿Eres tú, papá?

Valerio. (Cansado, sentándose en el sillón delante del televisor). Sí, soy yo.

Antonio. (Entrando) Valerio me había prometido que hoy volverías antes (Se pone entre el televisor y Valerio, para impedir a su hermano que mire la televisión). Hola, papá.

Valerio. Hola (Con la mano le hace una señal para que se aparte).

Antonio. ¿No me preguntas siete por siete? ¿Eh? ¿No me preguntas siete por siete?

Valerio. ¿Siete por siete?

Antonio. 49 (se oye la voz del speaker).

Valerio. Bravo. Ahora déjame oír las noticias (De nuevo le hace una señal para que se aparte).

Antonio. Tengo hambre.

Valerio. Te preparo la comida enseguida, sólo los titulares (Antonio no se mueve).

Antonio. ¿Has hecho muchas fotocopias esta mañana?

Valerio. Sí, sí, bastantes (Perdiendo la paciencia). ¡Déjame ver!

Antonio. (Saltando delante del televisor) ¡Es mentira, es mentira, es mentira! No había fotocopiadoras en tiempos del papá, las pusiste tú. ¿Verdad papá? ¿Verdad papá?

Valerio. (Aguantando la paciencia con los dientes). Sí, sí, es verdad (Alzando la voz) ¡No había en mis tiempos!

Antonio. ¿Te lo pregunto otra vez?

Valerio. Está bien.

Antonio. ¿Has hecho muchas fotocopias esta mañana?

Valerio. (Otra vez alzando la voz). Mientras esté yo, en esta papelería nada de fotocopias. Si pones una fotocopiadora se acabó, te debes preocupar únicamente de la máquina. A mí me gustan los cuadernos, los lápices, las plumas.

Antonio. ¿Y las gomas?

Valerio. Las gomas también (Antonio se sienta en el brazo derecho del sillón. Valerio se estira hacia adelante para escuchar mejor). Ahora calla.

Antonio. ¿Aún están las plumillas en la caja marrón?

Valerio. (Irritado) ¿Las plumillas?

Antonio. A mí me gustaba contar las plumillas cuando bajaba a la tienda. Las ponía en fila en el banco y las contaba. Tú decías: "Oh, bravo, cuenta las plumillas". Di la verdad, a que me las hacías contar para que estuviera tranquilo.

Valerio. No hacía falta. Tú eras un niño tranquilo.

Antonio. ¿No era como la peste? ¿No era un trueno?

Valerio. Bueno sí, un poco sí, como todos los niños. Déjame escuchar (Se tiende hacia la TV).

Antonio. Había más de 200.

Valerio. ¿200 qué?

Antonio. Plumillas. Todas en fila.

Valerio. Ahora ya nadie usa plumillas.

Antonio. ¿Por qué?

Valerio. Porque están los bolis. ¡Déjame ver la TV (Sube el volumen y escucha el noticiario. Antonio se levanta, coge su pelota y la hace rebotar contra la pared del fondo, varias veces. Valerio estalla) ¡No, no!

Antonio. Llévame contigo a la tienda. Te prometo que no molestaré a nadie.

Valerio. Ufff. No puedo, ¿entiendes? En la tienda tengo que trabajar, estar con los clientes. ¿Si tú estás entonces qué puedo hacer?

Antonio. ¿Te da vergüenza?

Valerio. ¿Eso qué tiene que ver?

Antonio. ¿Te crees que no lo sé? ¿Te crees que no me entero?

Valerio. Entonces si lo sabes no me molestes más. ¡Déjame tranquilo!

Antonio. ¡Tengo hambre!

Valerio. ¡Come! (Cierra el televisor con el mando, se levanta y deja sobre la mesa el contenido de las dos bolsas de plástico). Toma, pan, jamón, aceitunas, queso, plátanos. ¡Come! (Hace intención de pegarle) ¡Come!

Antonio. ¡ Mamá, el papá me está pegando!

Valerio. ¡Animal! (Se quita el batín y el sombrero y los tira al suelo con rabia).

Antonio. ¡Mamá, mami!

Valerio. ¡¡¡Ya está bieeeeeeeeennnnnnnn!!!

Antonio. Haberte parado antes. Es culpa tuya (Se miran). Tenías que haberte parado antes (Canta haciendo rebotar la pelota contra el suelo):
"Manzanas y pomelos,
son hermanos,
las naranjas son rosas,
las fresas tienen tos..."
(Mira de reojo a su hermano). Isabel viene mañana por la mañana para traerme los gemelos de oro. Los ha elegido ella. Si tú fueras mi mamá yo te ayudaría a arreglarte.

Valerio. (Valerio recoge del suelo el batín y el sombrero, va al perchero, los cuelga y se coloca la bata y la peluca gris). ¡Antonio! (Antonio se gira, le ve "vestido de mamá", sonríe. Valerio hace muecas y sonidos bufos con la voz, Antonio se ríe como un niño delante de un payaso). Venga, ve a lavarte las manos.

Antonio. Sí, mami (Se va corriendo al cuarto de baño, se seca las manos sin habérselas lavado mientras Valerio abre los paquetes sobre la mesa, después va al aparador para buscar un cuchillo.

Antonio, corriendo, va a sentarse a la mesa). ¡Primero! ¡Aaaaaaaaaahhh! (Abre la boca esperando la comida).

Valerio. El primer bocado te lo doy yo. Pero después tú solo. (Le da a su hermano una loncha de jamón enrollada a una rosquilleta. Antonio mastica satisfecho).

Antonio. ¿Puedo comer con las manos?

Valerio. Sí, hoy sí. Hoy no hay pasta (Corta algunos trozos de queso). Pero el queso lo cortas a daditos. Así, ¿lo ves? Y después los daditos los pinchas con un palillo, así (Sigue, poniéndole en la boca de su hermano un trozo de queso).

Antonio. (Riendo). Tú también.

Valerio. Yo no tengo hambre.

Antonio. Nunca tienes hambre, mamá. ¿Por qué, mamá? (Valerio no contesta). ¿Por qué?

Valerio. Porque cuando uno se hace mayor ya no se tiene tanta hambre (Abre el periódico, busca las gafas en los bolsillos de la bata, no las encuentra, se levanta y va hacia el aparador. Busca por todos los lados, al final encuentra las gafas, se vuelve a sentar, se las pone y lee).

Antonio. El hambre es hermosa. ¡¡¡Aaaahhhmmm!!! (Come otro bocado moviendo exageradamente la boca). Cuando sea mayor yo tendré mucha hambre. Así Isabel será feliz. (De repente se vuelve sombrío). Hace tanto tiempo que no la veo. ¿Estará enferma? ¿Se habrá marchado? (Tiembla. Coge un plato y usándolo como manillar guía un coche imaginario, imitando con la voz un motor.

Valerio, que evidentemente sabe lo que va a pasar, va al perchero y rápidamente se quita la bata y la peluca gris y se pone el traje de boda y la peluca rubia mientras Antonio continúa su soliloquio sin verlo). Mamá, ¿dónde está Isabel? ¿Dónde esta mi linda rubia? ¡Cuidado con la curva! ¡Cuidado con la curva! ¡Ya! ¡El muro, allí! ¡Frena! ¡¡¡Frena, hijo de putaaaaaa!!! ¡Crack! ¡Sblem! ¡¡¡Badababa-baaammnmm!!! (Se rompe el plato contra la frente y cae sentado en el suelo. Mueve la cabeza en torno suyo, mecánicamente). Mamá, ¿dónde está el papá? Papá, ¿dónde está la mamá? Mamá, ¿dónde está Isabel.? ¿No hay nadie? Isabel, ¿dónde estás? Cuento hasta tres, ¡viva el Papa, viva el Rey! (Se vuelve hacia el fondo. Valerio, vestido "de novia" le sonríe: su sonrisa está llena de sufrimiento. Antonio ríe feliz, agitándose y batiendo las manos. Las luces se apagan poco a poco).
 
 
 
 
 

CUADRO 3º

A media tarde. Antonio, hundido en el sillón, lee tebeos. Valerio, sentado a la mesa, lee el periódico. De vez en cuando mira de reojo hacia el teléfono, un tanto inquieto. Es evidente que está esperando una llamada de teléfono. Antonio ríe divertido pasando las páginas con mucho ruido.

Valerio. ¿Te gusta?

Antonio. Es buenísimo.

Valerio. ¿Cómo se titula?

Antonio. Patito en el infierno.

Valerio. ¡Vaya!

Antonio. Hay un demonio que lo quiere asar. Pero no es un demonio, es Patadepalo vestido de demonio.

Valerio. ¿Y lo consigue?

Antonio. ¿El qué?

Valerio. Comérselo.

Antonio. Si no me dejas leer no lo podremos saber nunca.

Valerio. Perdona, perdona (Vuelve a leer su periódico. Antonio hojea las páginas cada vez más aprisa y al final arroja el tebeo).

Antonio. Todo era un sueño. Un íncubo de Patito. ¿Qué quiere decir íncubo?

Valerio. Una pesadilla. Un sueño que te da miedo incluso después de haberte despertado.

Antonio. ¿Por qué?

Valerio. Porque te queda como una angustia dentro, que dura mucho tiempo.

Antonio. ¿Más de una hora?.

Valerio. Eh, alguna vez sí.

Antonio. ¿Más de una semana?

Valerio. Puede durar toda la vida.

Antonio. Como mi ropa (Suena el teléfono, Valerio va corriendo a contestar).

Valerio. ¿Sí? ¡Hola! Sí, estamos aquí. Te habría llamado. No, todavía no, bueno no sé, pero no hay problema, sí, ahora se lo digo (Mira a Antonio que le está observando). Hay que preguntarle también a él, ¿no? Sí, por supuesto, te llamo yo. Bueno, no, ya está decidido. El sábado. ¿Por qué? ¿No podían mandar a otro? ¡Qué rabia! Lástima. Entonces te esperamos el domingo. Puntual, ¿eh? A las diez en punto. Te esperamos. Adiós. Sí, se lo digo. Está contento. Adiós. (Cuelga, sonríe).

Antonio. ¿Quién era?

Valerio. Mariana. te saluda (Antonio va al carrito, toma una botella de licor y vierte el contenido alrededor. Valerio se la quita de las manos, después corre al aparador, coge un trapo y seca el suelo, a gatas). Mi novia. Sabes que tengo novia. Sí, bueno... tengo una amiga...

Antonio. Yo no quiero verla.

Valerio. (Continúa secando). Vendrá a vernos. Pero sólo el fin de semana. Bueno, ni siquiera eso. El domingo, sólo el domingo, que el sábado no puede. Luego ya veremos. Es como una prueba.

Antonio. (Indicando un lugar donde su hermano aún no ha secado) Aquí.

Valerio. Ah, sí, es verdad. He conseguido convencerla. No quería, ¿sabes? Bueno, lo he conseguido. Estoy seguro de que te gustará. Os haréis amigos. Si luego no funciona... (Abre los brazos, como diciendo "paciencia"). Pero si funciona, volverá. Otro fin de semana... después otro... y después se quedará. Más o menos, ¿eh? Tu-tu.... (Imita el silbato del tren).

Antonio. (Con voz oscura) Tu-tu...

Valerio. (Vuelve a colocar el trapo y la botella, secándose las manos). La casa es grande... Yo ya tengo una edad... si me espero un poco más... sabes, cada día resulta más difícil encontrar una mujer. ¡Es más fácil encontrar un marido! (Ríe torpemente. Antonio se va corriendo a la terraza y llora, de cara a la pared). Te hará compañía, estará mucho en casa, ya verás, ella tiene una agencia, o sea que trabaja, se mueve, vende casas... bonito eh? tiene también mucho tiempo libre y te sacará fuera; yo no tengo tiempo. (Valerio se acerca a su hermano y le acaricia). Es un nombre bonito, ¿eh?, Mariana: Un nombre alegre. Es muy simpática. Yo también estaré, por supuesto; ya verás, todo normal, ¿eh? No cambiará nada: el trenecito, la pelota de colores, todo como antes, como ahora, sólo... Se crece en familia, eso es. Tú querías una baby-sitter y en vez de eso tendrás una hermanita. ¿No es mejor? ¡Es mucho mejor! (Antonio levanta la espalda intentando alejarse de

Valerio) ¿Qué pasa?

Antonio. (Con tristeza amenazadora). No es verdad, no estoy contento.

Valerio. (Va ligero al perchero y empieza a vestirse "de mamá"). Pronto lo estarás, en cuanto llegue Mariana.

Antonio. Mentiroso.

Valerio. Verás cuánta ternura. Mariana es muy guapa. Mariana sabe muchas cosas. Ah, no te lo he dicho, cocina de maravilla. ¡Sabe hacer dulces mejor que yo! (Antonio vuelve a entrar y ve a Valerio que ya se ha vestido de mamá. Sonríe feliz).

Antonio. Hola, mamá.

Valerio. Hola, tesoro.

Antonio. ¿Tú conoces a Mariana?

Valerio. (Secándole las lágrimas). Es una chica muy simpática.

Antonio. Tengo miedo.

Valerio. No... (Le arregla un poco).

Antonio. Mariana da cuerda a todos los relojes y entonces se vuelve a oír otra vez el tic-tac en toda la casa. Y entonces me crece la barba. Y entonces me cae el pelo. Tic-tac... Tic-tac... ¿Mariana da cuerda a todos los relojes? Si eres la mamá sabrás lo que me tienes que contestar.

Valerio. ¿Quieres que te lea el cuento del tiempo?

Antonio. (Con entusiasmo) ¡Sí! (Toma un librito del aparador y se lo da a Valerio).

Valerio. Ya sabes lo que dice el cuento: sólo los mayores deben de tener miedo del tiempo. Los niños no tienen nada que temer. (Se sienta en el sillón de la izquierda y se pone las gafas mientras Antonio se acurruca a sus pies).

Antonio. El tiempo tiene unos zapatos que hacen ruido. De vez en cuando le oigo que va arriba y abajo por el pasillo.

Valerio. Le diremos que vaya descalzo. (Hojea el libro, encuentra la página, lee). “Los niños son amigos del tiempo. Cuando le encuentran le saludan y juegan juntos. Algunos se le suben encima, otros un poco más pillos le hacen jugarretas. El se ríe, les deja hacer, de vez en cuando les da caramelos. Pero después, cuando crecen, los niños se hacen diferentes. Le esconden las cosas más importantes, alguno finge, como si no le conociera, si pide una información le mandan al lugar equivocado. Ya no le tratan como a un compañero sino como a un enemigo. Y el tiempo no lo entiende, porque él no ha cambiado. El tiempo siempre es el mismo. Le gustaría seguir bromeando con ellos, que ahora ya son hombres hechos y derechos, corren de aquí para allá y no le tienen respeto alguno cuando intenta pararlos con algún pretexto: una piedrecita en el zapato, un estrella fugaz, un pajarito que hace caca...”.

Antonio. (Riendo). ¿En la cabeza?

Valerio. (Riendo él también). ¡Sí, sobre la cabeza!... “Pero ellos no lo entienden y en vez de pararse a pensar, vuelven a correr más de prisa que antes, soltando tacos. Nosotros decimos que el tiempo pasa, pero no es verdad, el tiempo está quieto, inmóvil. Somos nosotros los que corremos sin parar”. (Cierra el libro).

Antonio. ¿Y por qué yo oigo sus zapatos?

Valerio. Eso no lo dice el libro. A lo mejor porque no ha entendido quién eres verdaderamente, si se puede fiar de ti. Y en la duda va arriba y abajo por el pasillo. No sabe qué hacer, pobrecillo.

Antonio. ¿Y si viene Mariana qué le dices?

Valerio. Le digo que no toque los relojes.

Antonio. ¿Mariana es rubia?

Valerio. (Quitándose las gafas, con energía y ternura al mismo tiempo). Mariana es morena.

Antonio. ¿Y se casará con mi hermano?

Valerio. (Mirando a lo lejos, con una sonrisa). Es probable.

Antonio. ¿Cuántos años tengo para Mariana?

Valerio. Los que quieras.

Antonio. Mil velitas, ¿vale?

Valerio. Vale.

Antonio. Pero no le dirás que me hago pipí encima.

Valerio. Prometido.

Antonio. No, júralo.

Valerio. Te lo juro.

Antonio. No, juntos (Coge a Valerio por un brazo y le hace levantarse del sillón. Después, mano contra mano, como en un juego muy serio, juran): "Juro, juro sobre el tambor, que las serpientes maten al traidor". (Ad libitum, mientras las luces de apagan).
 
 
 
 
 

CUADRO 4º

Es de noche. Valerio está mirando en la TV un encuentro de boxeo. El volumen está bajo. En el vano con arco aparece Antonio con camiseta de marinero y calzoncillos. En la mano tiene un pañuelo. Se queda mirando. Después, en silencio, se acerca al sillón donde está sentado Valerio y se suena las narices ruidosamente. Valerio se sobresalta y se gira hacia él.

Antonio. Estoy resfriado, no puedo dormir (Valerio se vuelve de nuevo hacia el televisor sin responder). Quiero las gotas.

Valerio. (Pierde la paciencia. Continúa mirando la TV). Por favor.

Antonio. Por favor, quiero las gotas (Valerio se levanta, continúa viendo de reojo la televisión, va al cuarto de baño y vuelve con una botellita que entrega a Antonio).

Valerio. Toma (Vuelve a sentarse).

Antonio. ¿Me las pones tú?

Valerio. Tú sabes hacerlo solo.

Antonio. Sí, pero me ensucio (Valerio se levanta cada vez más impaciente y coge la botellita).

Valerio. Túmbate (Antonio se tira sobre el sillón, la cabeza sobre un brazo del sillón y las piernas dobladas sobre el otro). Tira la cabeza atrás. Más atrás (Valerio, sin dejar de mirar la televisión, vierte unas gotas en la nariz de Antonio que se sobresalta).

Antonio. ¡Me ha entrado en la garganta!

Valerio. (Volviendo a dejar rápidamente la botellita en el baño). Eso te irá bien. Ahora vuélvete a dormir.

Antonio. No tengo sueño.

Valerio. Tienes que contar hasta cien. Y después al revés: 99, 98, 97...

Antonio. (Que continúa tirado sobre el sillón). 96, 95, 94...

Valerio. No, aquí no, en la cama (Hace levantar a Antonio y vuelve a tomar posesión del sillón).

Antonio. (Contando en voz muy alta, desaparece por el pasillo hacia la izquierda). 93, 92, 91...

Valerio. No grites tanto. Despertarás a toda la finca. ¿Quieres que nos llamen la atención? (Casi como hablando consigo mismo y mirando nuevamente la TV) ¿Quieres que se enfade toda la finca? (La voz del speaker, difusa pero excitada: el combate está interesante. Antonio reaparece. Se suena la nariz con discreción).

Antonio. Quiero morirme. Posiblemente. (Valerio apaga el televisor).

Valerio. ¿Se puede saber a qué viene esto ahora?

Antonio. Ahora me vuelvo a la cama, pero te lo he avisado (Se dirige nuevamente hacia su habitación, contando en voz baja) 49, 48, 47... (Valerio duda. Después se levanta y sigue a Antonio por el pasillo).

Valerio. Antonio... Tonín... (Toca en la puerta de la habitación de su hermano). ¿Te encuentras bien? (Antonio no responde. Valerio golpea más fuerte) ¡Antonio!...

Antonio. (En voz baja). Intento dormir, pero no me dejas. Ya había llegado a 11 y ahora tengo que volver a empezar. (Valerio entra de nuevo en escena, exasperado. Se sienta en el sillón y vuelve a enchufar la TV. Antonio entra de repente poco después). ¿Será preciso que los mayores atormenten siempre a los niños? ¿No acabaréis nunca? No nos dejaréis tranquilos nunca, eh, vosotros, los mayores (Valerio está al límite de su paciencia). ¿Te creías que me había suicidado, eh? Pues no, mira, no, estoy estupendamente bien. (Se extiende hacia adelante sosteniéndose sólo sobre un pie). Lunes, martes, miércoles, sábado y domingo. Y así también, mira (Se tira sobre el otro sillón y levanta las piernas al aire, en una postura poco agradable, fea). Lunes, martes, miércoles, sábado y domingo. ¿Has visto? Nosotros los niños somos muy ágiles. Prueba tú, ¿a que no eres capaz? Mariana tampoco es capaz. Pobrecita. Pobrecita Mariana. Uno, dos, tres, cuatro... (Desaparece por el pasillo. Valerio está de piedra. Unos instantes después reaparece Antonio). Cuando muera tocarán todas las campanas. Hasta que no oigas tocar las campanas puedes mirar la TV. ¿Ya estás tranquilo? 21, 22, 23... (Desaparece otra vez por el pasillo. Valerio se levanta, resueltamente. Va al perchero, se pone el batín y el sombrero "de padre" y se dirige rápido hacia la habitación de su hermano. Se oye un gran desbarajuste, una puerta que se abre, golpe y gritos apagados hasta que Antonio vuelve a entrar corriendo intentando ponerse al resguardo de las botas de su hermano, que le acosa a golpes). No, papá, no.

Valerio. ¿Quieres morir? ¡Bestia, carroña, yo te mato!.

Antonio. El papá no habla así. (Se agacha para protegerse mejor).

Valerio. El papá soy yo, recuérdalo. (Lo levanta tirándole de los pelos). ¿Quién soy? ¿Quién soy? Mira el sombrero: ¿quién soy?

Antonio. El papá (Valerio lo tira sobre el sillón. Antonio cae en él de lado. Valerio le tuerce un brazo detrás de la espalda y con el sombrero le golpea violentamente).

Valerio. Tu padre no es tu hermano, yo no soy tan bueno como él. Es un tonto, peor, es un calzonazos. Un calzonazos lleno de remordimientos. Podría dejarte plantado, encerrarte en un instituto y no lo hace, pero yo sí lo haré, yo te pongo más recto que un palo, si él no lo hace lo haré yo, ¿me oyes?, ¿has oído? ¡Contéstame!

Antonio. Sí.

Valerio. (Golpeándole repetidamente). Sí, papá!

Antonio. Sí, papá (Valerio suelta la presa y se sienta sobre el brazo del sillón, jadeante. Antonio gime).

Valerio. Tu hermano no tiene ninguna culpa, sólo mala suerte, iba despacio, apenas llovía, Isabel se reía, yo también me reía, "esposa mojada esposa afortunada", y vuelta a reír, después aquella moto roja que se echa encima de nosotros, ¡un segundo! Un frenazo, no es verdad que no frené, mejor si no lo hubiera hecho, el coche derrapa, el muro, y ¡allí, allí, allí! (Se levanta, indicando un punto que está en la memoria).

Antonio. (Como en un lamento) ¡Sblan! ¡Crack! ¡Dlen!

Valerio. ¡Cállate! Tu hermano corría como un loco, arriba abajo, paraba a los coches, gritaba, ¿qué debía hacer? Pero Isabel ya estaba muerta. Había muerto instantáneamente. Y yo decía, "prueba otra vez, otra vez", y la enfermera lo intentaba de nuevo, aquí (indica su propio pecho), arriba y abajo, arriba y abajo, pero el corazón ya no late, no late, ya no late, está quieto, ya está, se acabó, fin, es el fin. Y cuando salía de la habitación me dijeron que el papá también había muerto, ah, pobrecito, me había olvidado de él, en el jaleo, estiró la pata él solo, y después me preguntaron: "¿Usted es pariente?", y yo les dije que sí, de él sí, pero de ella no, por poco, por poco más de una hora, una hora más y habría sido mi cuñada, la estaba llevando a la iglesia, ella vivía a tres kilómetros y pensaba qué extraño, toda aquella sangre en el traje de novia, tendríamos que mandarlo a la tintorería, las manchas de sangre no se van fácilmente (Antonio gime pausadamente). ¿Acaso fue culpa mía que a mí no me pasara nada? Tu hermano no tiene nada que ver, no debes atormentarle más, di la verdad, que tu hermano es estupendo.

Antonio. Sí, es estupendo... (Valerio se dirige cansadamente hacia el perchero y cuelga el sombrero). Mamá, ¿me acuestas?

Valerio. (Volviéndose a poner el sombrero) ¿Te da lo mismo si te lleva el papá?.

Antonio. No, la mamá.

Valerio. ¿Me prometes que después te dormirás?

Antonio. Te lo prometo (Valerio le hace una indicación de que no mire. Antonio se gira mientras su hermano se viste "de madre"). Pero no quiero que Mariana me acompañe a la cama.

Valerio. ¿Por qué?

Antonio. Porque me mira la pilila. Dice: "Ahora a ponerse el pijamita"... y así me mira la pilila.

Valerio. Pues tú le dices "Date la vuelta", y ella te obedece.

Antonio. No, me mira por el rabillo del ojo y alarga la mano, así (Alarga el brazo detrás de su propia espalda y mueve los dedos).

Valerio. Bueno, vale... le diré a Mariana que no te acompañe a la cama. Por lo menos al principio.

Antonio. No, nunca.

Valerio. Bueno, nunca. Vamos a dormir.

Antonio. (Sin mirar a su hermano). ¿Eres la mamá?

Valerio. Sí.

Antonio. (Dándose la vuelta). El papá no me ha preguntado siete por siete.

Valerio. El papá está cansado.

Antonio. Más me canso yo respondiendo. ¿Qué le cuesta preguntarme?

Valerio. Se habrá olvidado. ¿Quieres que te lo pregunte yo?

Antonio. No, tú quiero que me acaricies (Valerio le acaricia). Es de noche, los zapatos están rotos...

Valerio. (Con una sonrisa). Sí, un desastre. Buenas noches.

Antonio. Buenas noches (Se va, pero a los pocos pasos se para) ¿Sabes por qué suenan las campanas?

Valerio. Por la fiesta. O porque hay un incendio.

Antonio. No. Porque cuelgan de la cuerda a los ahorcados.

Valerio. ¿Cómo? ¿Quién te ha dicho esa tontería?.

Antonio. Cava, cava, que está escrito en Praga (Desaparece por el pasillo). Adiós mamá.

Valerio. ¿Te arreglas solo? (Ha cogido del aparador un plato sobre el que hay cuatro pequeñas velas azules. Las enciende).

Antonio. Sí, cuéntame hasta cien.

Valerio. ¿Con la puerta abierta o cerrada?

Antonio. Abierta.

Valerio. ¿Con las velas?

Antonio. Sí, con las velas.

Valerio. (Alejándose por el pasillo con el plato en la mano). 1, 2, 3, 4, 5... (Las luces se apagan poco a poco. Durante un instante la escena parece un tanto iluminada por las luces temblorosas de las candelas).
 
 
 
 
 

CUADRO 5º

Es domingo por la mañana. La radio transmite música religiosa, voces blancas. Valerio, vestido "de mamá" está arreglando la habitación. Recoge los juguetes esparcidos por todas partes y los pone en un gran saco de plástico. El ritmo es frenético, como de quien va con retraso. Entra Antonio con el smoking. Tiene en la mano unos prismáticos -de juguete, tipo militar-, con los que mira alrededor suyo. Valerio recoge la pelota y se la lanza a su hermano que la coge al vuelo.

Valerio. Llévatela a tu habitación.

Antonio. Mi hermano me había dicho que no cambiaría nada.

Valerio. Bueno, la verdad es que no cambia nada, es únicamente la primera impresión. Llévatela de aquí.

Antonio. (Indicando el saco de plástico). ¿Y todo eso?

Valerio. Esto también, pero sólo por hoy. Después... (Hace un gesto como para decir "todo será como antes"). Ah, todavía queda uno (Coge un soldadito que había encima del televisor).

Antonio. El centinela está haciendo la guardia. Si lo quitas de ahí ya no podrá dar la alarma.

Valerio. (Volviéndolo a poner donde estaba) De acuerdo, esto lo dejaremos aquí. ¿Vale?

Antonio. (Mirando por los prismáticos). Un poco más al noroeste.

Valerio. (Moviendo apenas el soldadito). ¿Así?

Antonio. Sí, así (Mirando el horizonte con los prismáticos). Pronto habrá un ataque.

Valerio. (Que vuelve a quitar trastos de en medio). ¿Confirmado?

Antonio. Confirmado, corto y cierro (Baja los prismáticos). Pero nosotros dos nos salvaremos, primero las mujeres y los niños (Sale con la pelota).

Valerio. (Recogiendo un último juguete y poniéndolo en el saco). ¡Antonio!

Antonio. (Que vuelve a entrar). Sí, mami?

Valerio. (Entregándole el saco). Esto también. Vamos, date prisa (Antonio se va corriendo, pero de repente se para). ¿Qué pasa?

Antonio. (Señalando la radio). La mamá no escucha esta música (Sale. Valerio se dirige a la radio, pelea con los canales, se para en uno que le parece bueno, coge la escoba, se oye un speaker que anuncia "El Nilo: mito, metáfora e inundaciones. Capítulo 50". Valerio vuelve precipitadamente a la radio y cambia de canal. se oye una voz femenina que anuncia "La pequeña Samanta felicita a sus abuelos y les manda besos por sus bodas de oro". Satisfecho, vuelve a barrer con prisas, desapareciendo por la cocina. Del pasillo vuelve Antonio que tiene en la mano tres soldaditos. Coloca uno "que dispara tendido en tierra" sobre la parte más alta del aparador, uno "que dispara de rodillas" sobre la radio y uno "que dispara de pie" sobre la mesa. Los fusiles están dirigidos hacia el centro de la habitación. Valerio vuelve a entrar, totalmente indiferente, sin notar nada).

Valerio. ¿Has puesto los juguetes en su sitio?

Antonio. Sí.

Valerio. ¿Has hecho la cama? Hoy es domingo, te toca a ti.

Antonio. Voy enseguida.

Valerio. Date prisa (Entra en el baño, se le ve limpiar el lavabo).

Antonio. Mamá, ¿dónde está Valerio?

Valerio. (Vuelve a entrar, recoge del suelo algunas botellas). Estará por ahí.

Antonio. Por ahí, ¿dónde?

Valerio. En alguna habitación, no lo sé.

Antonio. He mirado por todas partes. No está.

Valerio. Habrá salido un momento.

Antonio. El centinela se habría dado cuenta.

Valerio. Bueno, pues entonces no lo sé. ¿Querías decirle algo? (Se lleva las botellas a la cocina).

Antonio. Que Mariana está a punto de llegar. A lo mejor se le ha olvidado, pero a mí no se me ha olvidado.

Valerio. No creo que a Valerio se le haya olvidado.

Antonio. No lo crees porque no le conoces.

Valerio. Ah, ¿sí? ¿De veras? Con que no le conozco, ¿eh?

Antonio. Vosotros, las mamás, creéis que conocéis a vuestros hijos. Por ejemplo: Valerio se mete los dedos en la nariz.

Valerio. (Que vuelve a entrar) ¡No es verdad!

Antonio. Cuando hace caca se mete los dedos en la nariz. Yo le miro por el agujero de la cerradura. Está sentado en la taza y se mete los dedos en la nariz.

Valerio. ¡Es increíble! Nunca creí que pudieras ser tan maleducado. ¡Mirar por el agujero de la cerradura!

Antonio. Con la llave dentro no se vería nada, pero como ya no hay llaves... Además, el maleducado es él que se mete los dedos en la nariz; yo únicamente le miro. Además, ¿qué otra cosa podría hacer? ¿Qué otra cosa puedo hacer todo el día encerrado aquí dentro? ¿Eh, mami? ¡Dímelo!

Valerio. Ve a hacer la cama, será mejor.

Antonio. Cuando sea mayor os dejaré a todos plantados y me iré por el mundo. Quiero ser rico y glotón. ¡Mamá!

Valerio. ¿Sí?

Antonio. Te mandaré alguna postal.

Valerio. Gracias.

Antonio. Mami...

Valerio. ¿Qué?

Antonio. ¿A quién quieres más, a mí o a Valerio?

Valerio. Os quiero a los dos. Lo mismo.

Antonio. No es verdad. Los padres siempre tienen una preferencia secreta.

Valerio. Yo no. Vosotros sois exactamente iguales para mí.

Antonio. Entonces es que no eres una madre (Desaparece por el pasillo de la izquierda. Valerio va al perchero y se quita la peluca y la bata mientras Antonio continúa hablando). No se lo diré a

Mariana. No le diré que Valerio se mete los dedos en la nariz (Valerio va al baño a arreglarse). Dejaré que lo descubra ella. Las mujeres también miran por el ojo de la cerradura (Tocan a la puerta. Vuelve Valerio. Apaga la radio y va corriendo a abrir. Vuelve Antonio, pone en marcha el tren eléctrico y se tira en tierra poniendo el cuello sobre las vías, como un suicida. En el umbral hay saludos. El tren corre y choca contra el cuello de Antonio que lanza un pequeño grito. Vuelve Valerio con un neceser o “fin de semana”).

Valerio. Siéntate (Desaparece por el pasillo). Llevaré la maleta a la habitación, vuelvo enseguida (Entra Mariana. No es muy guapa pero puede gustar a los hombres. Tiene gafas de miope y el pelo negro corto. Lleva un traje sastre gris. Se mueve con gracia y con una sensualidad natural un poco atenuada por la ropa que lleva. Mira a su alrededor, curiosa. Ve a Antonio. Se le escapa un pequeño gemido. Llama en un soplo de voz).

Mariana. ¡Valerio! ¡Valerio!...

Valerio. (Vuelve corriendo) ¿Sí? (Mariana señala el cuerpo de Antonio en el suelo. Valerio intenta ocultar el desastre). Eh, bueno, sí... ya está aquí... porque estaba... (Señala el pasillo). Bueno, mejor. Así os podéis conocer enseguida (Da un paso hacia su hermano). Antonio... Tonín... ¡saluda a Mariana!... (Antonio no habla, está inmóvil. Valerio le indica a Mariana que se adelante, que le diga algo).

Mariana. Buenos días, Tonín. ¿No me saludas? (Da un paso hacia él. Antonio, de repente, se incorpora para sentarse).

Antonio. No te muevas (Dando la espalda a los dos, saca del bolsillo un espejito y usándolo como retrovisor mira atentamente a la mujer que, inmóvil, mira a Valerio sin saber qué hacer. Valerio, por señas, intenta hacerle comprender que no hay peligro y que hay que seguirle la corriente). ¿Se puede saber por qué te has arreglado así? (Valerio minimiza). Ese peinado te sienta fatal, te sienta mejor el pelo hacia atrás, incluso con mechones, que son más largos, mucho más largos, es posible que... espera, date la vuelta (Mariana no sabe si obedecer). Bien, date la vuelta, ¡vale! (Valerio le indica que se dé la vuelta, Mariana obedece desconcertada). ¿Lo ves? ¿Lo ves? Tengo razón. Hasta el vestido te sentaría mejor. ¡Muchísimo, muchísimo mejor! ¡Sacude la cabeza, prueba a sacudir la cabeza! (Mariana sacude la cabeza). ¿Lo ves? ¡Apretado, corto! El pelo está para ondear, para enredarse entre las ramas, entre las velas... (Mariana da una media vuelta sobre sí misma). ¡Párate! No te muevas. No debes cortarte más el pelo, nunca más, nunca más.

Mariana. Bueno, tampoco está tan corto. Piensa que precisamente el martes tengo que ir al peluquero, ya tengo hora.

Antonio. No.

Valerio. Bueno, si puedo dar mi opinión, la verdad es que… a mí Mariana me gusta así. No quiero decir que…

Mariana. No me cuesta nada renunciar al peluquero si eso le gusta a Tonín.

Antonio. (Mirándola siempre a través del espejo). Antonio, please.

Mariana. Perdona.

Antonio. Rubia.

Mariana. ¿Cómo?

Antonio. Te debes hacer rubia.

Valerio. Oh, no. Ella... ni hablar.

Mariana. No me sienta bien rubia, ya he probado.

Antonio. Algún día me lo agradecerás.

Valerio. ¡Vaya hombre!

Mariana. ¿Y si no quiero?

Antonio. (Se levanta de repente guardándose el espejo en el bolsillo). No puedes (La mira directamente por primera vez). Estás rodeada (Mariana y Valerio se miran sin comprender. Entonces Valerio, rapidísimo, hace con el índice en el aire una red que parte de la punta del fusil del soldadito que hay encima de la radio y llega hasta el pecho de Mariana; después repite el gesto con los otros dos soldaditos). Y si intentas escapar el centinela dará la alarma (Indica el centinela que hay en el televisor). ¿Te rindes?

Mariana. Está bien, me rindo.

Valerio. ¿Te harás rubia?

Mariana. No veo otra posibilidad.

Antonio. Es que no la hay (Saca dos pistolas imaginarias de dos imaginarias pistoleras y apunta contra Mariana). ¡Arriba las manos, rubia! (Mariana levanta las manos. Antonio le indica a su hermano que haga lo mismo. Valerio obedece, cortado).

Mariana. Me has tendido una buena trampa. Enhorabuena.

Antonio. Gracias. ¿Edad?

Mariana. No se pregunta la edad a las señoras.

Antonio. Pardon. ¿Nombre?

Mariana. Creía que ya lo sabías.

Antonio. S'il vous plaît.

Mariana. Mariana.

Antonio. ¡Bonito! Mariana, prisionera.

Mariana. ¿Por cuánto tiempo?.

Antonio. Puede durar toda la vida.

Mariana. ¡Pero esto es cadena perpetua!

Antonio. No. Se llama íncubo (Antonio hace girar en el aire las imaginarias pistolas y luego las introduce en las imaginarias pistoleras. Se han quedado de piedra, Valerio y Mariana, siempre con los brazos en alto. Oscuro de golpe).
 
 
 
 
 

CUADRO 6º

Es el domingo por la tarde; finales de otoño. Fuera ya empieza a oscurecer. La radio transmite partidos de fútbol. La luz del baño está encendida, dentro está Mariana. Valerio entra por la puerta de entrada, tiene en las manos un ramo de flores. Lo pone sobre la mesa, atiende un instante al fútbol de la radio. Después toma del aparador el búcaro de flores y se dirige hacia el baño precisamente en el instante en que sale Mariana. Casi chocan.

Valerio. ¡Op! (Se ríen. Mariana se ha puesto una falda y una camiseta a flores. Encima de la camiseta un sweter amarillo).

Mariana. (Girando sobre sí misma). ¿Cómo estoy? ¿No silbas? (Valerio silba admirado).

Valerio. Guapísima, elegantísima.

Mariana. No exageres (Aludiendo al sweter). ¿Es bonito, verdad?

Valerio. Muy fino, delicado (Entra en el baño, llena el búcaro de agua).

Mariana. Esperemos que también le guste a él. Tiene el gusto difícil.

Valerio. Ah, escucha... la historia del pelo... no irás a teñírtelo, ¿verdad?

Mariana. (Sentada en el brazo del sillón, el de la derecha, se está perfumando). Creo que sí.

Valerio. (Dejando el búcaro sobre la mesa y colocándolo con cuidado). No, ¿eh? Es absurdo... si le haces caso una vez estamos perdidos, tú no le conoces. Además a mi me gustas así, color castaño.

Mariana. Bueno, pero no será para siempre.

Valerio. Ya, ya.¡Ya veremos!

Mariana. Es para que esté cómodo. Para hacerle comprender que él para mí es importante.

Valerio. Yo también espero ser importante para ti. Quiero decir... (Se le acerca). Esperemos unos días, veamos primero qué tal va, cómo se porta.

Mariana. Será difícil.

Valerio. Sí, lo sé. Muy difícil. Te lo dije (Le acaricia el pelo).

Mariana. (Perfumándolo abundantemente). La verdad es que me habías dicho otra cosa.

Valerio. ¿Qué? Que era retrasado, que... basta, huelo como una... fulana , me mirarán todos (Antonio, a quien no ven, aparece en el pasillo y escucha).

Mariana. Que era como un niño indefenso.

Valerio. ¡Exacto! ¿Es que no es así? Estás viendo que es así,¿ no?

Mariana. A mí no me parece tan indefenso. Y tampoco me parece un niño. Tiene una mirada que me asusta.

Valerio. No es normal, eso es todo (Se inclina para besarla. En ese instante, Antonio tira con fuerza de un cable eléctrico que se suelta del enchufe que hay debajo de la radio. La escena se oscurece, la radio calla. Por las ventanas entra la claridad de las lámparas).

Mariana. ¿Qué pasa? ¿Se ha ido la luz? (Se oye en el pasillo la risita de Antonio).

Valerio. No, no se ha cortado. ¡Adivina quién ha sido! (Va al aparador, toma un linterna de un cajoncito, la enciende, coge el cable). ¿Ves?, ¡pobrecito!, ¿lo comprendes ahora?

Mariana. Es que diez años son muchos años.

Valerio. (Que ha encontrado un destornillador). ¡Once! ¡once!

Mariana. Aquí dentro...

Valerio. Eh... (Se inclina, pone la linterna encendida sobre unos cuadernos y trabaja sobre el enchufe de debajo de la radio).

Mariana. ¿Se ha roto algo?

Valerio. Un hilo se ha soltado. Lo arreglo enseguida. Perdona, ¿me sujetas esto? Esto también (Le da un fichero y un paquete de folios, que Mariana sostiene). Gracias (Ajustando el enchufe del cable). Al principio creí que me iba a volver loco. Médicos, enfermeras, dinero... Y luego mi madre. Lloraba, lloraba, su Tonín, su Tonín... sólo pensaba en él. Porque a mí no me había pasado nada, ¿comprendes? Y yo me decía a mí mismo: alguien irá a parar al manicomio. O van ellos o voy yo. Luego uno se va acostumbrando. ¡Ay!

Mariana. ¿Te has hecho daño?

Valerio. Se me ha escapado el destornillador (Se chupa el dedo). No es nada, no es nada. ¿Sabes?, nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando murió la mamá, dos años después, fue una liberación. Un cáncer fulminante se la llevó en cuatro meses (Vuelve a atornillar).

Mariana. (Impresionada) ¿Un cáncer?

Valerio. Sí. Carcinoma, la columna vertebral, pfuitt! Ella colaboró. Sí, es verdad, estaba feliz de irse. Ya no era ella, pobrecita. El marido muerto, el hijo loco... la entiendo, pobrecilla. Despeinada, con los ojos siempre abiertos, de loca, arrastraba los pies por la casa... Bueno, ya está, ya está arreglado. ¡Los enchufes son mi especialidad! Ah, sí... ¡Pero ahora basta, un corte limpio, ahora estás tú! ¡Si te hubiese encontrado antes!... (Conecta el enchufe: vuelve la luz, la radio se pone a funcionar, y por algún contacto misterioso el tren también se pone en marcha. Mariana aplaude. Valerio va corriendo a apagar la luz del baño, después baja la radio y finalmente se arrodilla y para el tren. Desde esta posición mira a Mariana, encantado).

Mariana. ¿Eh?

Valerio. ¿Sabes que eres muy guapa? Cuando pensaba en una mujer con la que llevar adelante una familia, pensaba precisamente en ti. Sí, en un tipo como tú. Y siempre me decía a mí mismo: ¡aquí no pasa nada, no pasa nada! Y pasaban los años, el pelo cae... es una cosa de familia. Tonín también. Mi padre también... Mi padre siempre llevaba sombrero, ¡hasta en casa! Y yo me decía a mí mismo: ¡ya no somos unos muchachos! Y me fastidiaba, porque... esta casa, por ejemplo, ¿para quién se queda? No tenemos parientes. ¿Y la papelería? Es una lástima, tanto trabajo... Hasta la he modernizado, he puesto dos fotocopiadoras. En cambio... si hay hijos hay una finalidad. Tonín, ahora ya es irrecuperable. (Va al aparador). Ah, no te lo he dicho. Aquí hay sábanas, toallas, toda la ropa blanca... (Abre y cierra las gavetas de debajo del aparador). Y aquí... (Abre los dos cajoncitos de arriba). Bueno, aquí hay un poco de todo... (Sonríe un poco embarazado por el evidente desorden). Pero lo arreglaremos todo, no te preocupes. Desde mañana... ¡a trabajar!

Mariana. (Dejando en su sitio el fichero y el paquete de folios). ¿Cómo era, ella?

Valerio. Ella, ¿quién?

Mariana. Su novia.

Valerio. ¿Isabel? Bonita, rubia, normal.

Mariana. ¿Se querían mucho?

Valerio. Bueno, sí. Creo. Iban al cine, a bailar. ¿Qué hacen los novios? Se aman, ¿no? (Mariana ha cogido una flor del búcaro y se la ha puesto en el pelo). Te sienta bien.

Mariana. (Se lo prueba en el pecho). ¿Mejor aquí?

Valerio. No sabría decirte. Sí, también.

Mariana. Venga, decídete. ¿Dónde?

Valerio. No lo sé, a lo mejor... decide tú (Mariana entra en el baño y se mira al espejo. Valerio saca del bolsillo un pequeño peine, y se peina aprisa sin que ella le vea). ¿Sabes? Cuando pasó el accidente mi hermano se volvió loco. Se reía.

Mariana. ¿Se reía?

Valerio. Sí. Luego se quedaba inmóvil durante horas. Y después se reía (Limpia el peine con los dedos. Mariana, que ha salido del baño, le ve). Una vez se comió todas las fotografías.

Mariana. ¿Se las comió?

Valerio. Sí, de verdad. Cogió todas las fotos de Isabel y se las comió. Primero las hizo en pedacitos y después se las comió (Mariana vuelve a poner la flor en el búcaro). ¿No te la pones?

Mariana. No me gusta.

Valerio. Coge otra (Vuelve a poner el peine en el bolsillo de la chaqueta).

Mariana. No, mejor sin flor (Se produce un corto silencio embarazoso). ¿Nosotros nos queremos?

Valerio. ¡Por supuesto! ¿Qué hacen los novios? Se aman, ¿no?

Mariana. Yo aún no me siento como novia.

Valerio. Ah, bueno, es por eso... Yo tampoco. Como novio ya estoy un poco pasado. Pero mi corazón tiene veinte años. No, veinte no, no exageremos. Treinta, digamos treinta. Unos treinta. Treinta, ¿vale? (Ríe).

Mariana. ¡Qué tonto eres!

Valerio. Es la pura verdad (Va hacia ella para abrazarla).

Mariana. (Le evita dirigiéndose hacia la radio). Un poco de fantasía, ¿eh? ¡Por favor, señor: alégrese un poco!

Valerio. Vale, como quieras. ¡Vamos a alegrarnos!

Mariana. (Sube el volumen de la radio, que transmite un viejo twist). ¡Bailemos! (Intenta algunos pasos de twist, Valerio, admirado, le aplaude). ¡Ven! (Le coge de la mano a Valerio, que se resiste).

Valerio. ¡No sé bailar!

Mariana. Yo te enseñaré. ¡Ven! (Bailan, Valerio está torpe y un poco triste, Mariana le anima). ¡Está muy bien! ¡Así!

Valerio. (Con una mezcla de embarazo y de ligera exaltación, baila de un modo absurdo, exagerado) ¡Veinte años, veinte años! (Saca del bolsillo el peine y se peina mientras baila). ¡Hay que rejuvenecerse! (Se cae al suelo, sentado, ríe estúpidamente. Mariana le ayuda a levantarse, se cepilla los pantalones con las manos. Se miran. Valerio abraza a Mariana. Un segundo después la voz del speaker anuncia: "El Nilo: mito, metáfora e inundaciones. Capítulo 59". Valerio se dirige a la radio y la apaga. Se peina por última vez) ¿Te gusta la casa? ¿Eh? ¿Te ha gustado? (Vuelve a poner el peine en el bolsillo).

Mariana. Es oscura. Demasiado grande.

Valerio. Siempre ha sido así, durante todos estos años. Pero ahora la cambiaremos, tú me ayudarás, que tienes buenas ideas. Una cosa hoy, otra mañana...

Mariana. Habría que vaciarla completamente, pintarla y amueblarla de nuevo. Completamente distinta.

Valerio. Eso se puede hacer, claro que se puede hacer.

Mariana. (Señalando el ventanal del fondo). Aquí, por ejemplo, pondría una cortina.

Valerio. ¿Por qué no? Yo compraré la tela: un bonito gris.

Mariana. Bueno, ya veremos.

Valerio. No pareces muy convencida.

Mariana. ¿Tú crees que aquí dentro pueden crecer los hijos?

Valerio. ¿Por qué? ¿Qué pasa? Quiero decir: si la pintamos y lo cambiamos todo... ¡Ah! Además, si se quiere, ¡hay dos entradas! (Señala detrás del montón de material de papelería). La otra puerta no la usamos nunca, pero si se quiere, se puede hacer como antes, a lo mejor puede servir... (Un breve silencio).

Mariana. Tenemos que irnos.

Valerio. Ah, sí, sí... ahora le llamo. ¿Entonces no te pones la flor?

Mariana. No, no.

Valerio. (Acercándosele). Lástima, son muy bonitas. Siempre está aquella viejita de las flores, allí, en la esquina... pero solamente el domingo. Va, dame un beso (La atrae hacia sí y la besa. Antonio aparece, lleva un sombrero de paja de Florencia, claramente demasiado pequeño para él. Irónicamente, manda besos hacia los dos que le ven y se sueltan). ¿Ya estás listo?

Mariana. Que sombrero más bonito.

Antonio. Me lo regaló el papá cuando estuvimos en Florencia.

Valerio. Pero en el cine te lo quitarás, ¿eh?

Antonio. ¿Por qué?

Valerio. Porque molesta. Ya eres mayor.

Antonio. Yo soy pequeño como Meñique, mi padre era Pulgarcito y mis hermanos son todos dedos (Enseña las dos manos abiertas).

Valerio. (Perdiendo la paciencia) ¿Nos vamos?

Antonio. Cuando los deditos están hacia abajo pasean al lado de las olas y cuando están hacia arriba toman el sol en la playa (Mueve los dedos primero hacia abajo y después hacia arriba).

Valerio. Venga, que es tarde (Apaga la luz del baño y se va hacia la salida).

Antonio. Toda la familia se ha ido al mar. Ahora paseamos, ahora tomamos el sol. Ahora paseamos, ahora tomamos el sol. Ahora paseamos, ahora tomamos el sol... (mueve los dedos, como arriba).

Valerio. Quiero ver la película desde el principio.

Mariana. Tampoco es tan importante, que es de Walt Disney, no es una policíaca.

Valerio. Es una cuestión de principios. Yo no entro con la película empezada.

Antonio. El domingo es la mamá la que me lleva al cine.

Mariana. ¿La mamá? (Valerio se pone en guardia).

Antonio. Sí. El papá oye los partidos de fútbol y la mamá me lleva al cine.

Mariana. Aquí no está la mamá.

Antonio. Sí, la mamá sí que está. ¿Lo vas a saber mejor que yo? ¿Quieres que la llame? ¿Me obligarás a llamarla? (Mariana no entiende nada, Valerio está cada vez más nervioso).

Valerio. No, escucha... yo...

Antonio. (En voz alta, corriendo primero hacia la cocina y después hacia el pasillo) ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá!

Valerio. ¡Yo no me cambio! ¡Quítatelo de la cabeza!

Antonio. Si hay flores en el búcaro, quiere decir que la mamá está en casa. Todos los domingos la mamá baja y compra flores. ¡Mamá! (Se le oye abrir las puertas de las habitaciones). ¡Mami!

Valerio. Hijo puta...

Mariana. ¿Qué se hace en un caso así?

Valerio. ¿Qué se hace? ¡Imagínatelo!

Antonio. La mamá es el ángel del hogar y yo soy su culito rosa. ¡Polvos de talco! ¡Polvos de talco! ¡Ponme polvos de talco, ponme polvos de talco! (Vuelve a entrar).

Valerio. (Fuera de sí). ¡Ya está bien, cállate!

Antonio. ¿Quién ha hecho desaparecer a la mamá? (A Mariana, amenazador). ¿Ha sido Mariana? (Da un paso hacia ella). ¿Ha sido ella?

Valerio. (Intentando interponerse). Antonio, Tonín, por favor... vamos al cine.

Antonio. (Apartándole con violencia y haciéndole caer sobre el sillón de la derecha). Adiós Mariana (La expresión amenazadora se transforma en una sonrisa dulcísima). Mientras esperamos a la mamá, ¿vamos a jugar?

Mariana. (Todavía asustada, mientras Valerio le hace señal de que sí). Muy bien, estupendo.

Antonio. Pero primero me tienes que prometer una cosa.

Mariana. ¿Qué cosa?

Antonio. Que no le darás cuerda a los relojes.

Mariana. (Mirando alrededor suyo). ¿Los relojes?

Valerio. (Que ya se ha levantado, todavía un poco trastornado). Bueno sí, eh... (Hace un gesto, como si dijera "una cosa sin importancia, un juego inocente").

Antonio. Mami, ¿te das prisa? (Valerio no sabe qué hacer). Hay tres, pero todos están parados. Uno aquí (señala el reloj del aparador). Uno en el pasillo y uno en un cajón de mi mesita de noche. ¿Me prometes que no les darás cuerda?

Mariana. Está bien, te lo prometo.

Antonio. Bien. Ahora vamos a jugar (Se dirige al perchero y coge las dos pelucas). ¡Vamos al cine, mamá! (Tira la peluca gris encima de la mesa, bajo las narices de Valerio. Después le da a Mariana la rubia). Póntela.

Mariana. ¿Por qué?

Antonio. (En tono duro). ¡Venga, póntela! (Valerio hace un gesto como para oponerse). ¡Mamá! ¿Me llevas al cine, sí o no? (Mariana toma la peluca y se la pone).

Mariana. ¿Así? (Valerio va corriendo al perchero y se viste "de mamá". Esta vez completa la vestimenta enrollándose los pantalones, estirando la punta de la falda y poniéndose los zapatos de medio tacón. A la espalda se tira el chal).

Antonio. Más atrás. Así, párate. ¡Mi querida rubia!

Mariana. ¿Yo? (Antonio se le acerca, casi le roza).

Antonio. (En un susurro). ¡Mi querida rubia!... (Le acaricia. Mariana, inmóvil, mira a Valerio que se está vistiendo). Tenía tantos dientes blancos que me mordisqueaban aquí... (Indica un punto en el cuello de Mariana). Y cuando comía rabanitos sus dientes hacían "Scroc, scroc", le gustaban también las carlotas crudas: "Scroc, scroc" (Le besa en el cuello. Mariana está paralizada). Justo aquí. "Scroc, scroc". Aquí, en el lunar. "Scroc". Este perfume. "Scroc".

Valerio. (Que ya ha acabado de vestirse). ¡Tonín! (Antonio besa otra vez a Mariana). ¡¡¡Antonio!!! (Antonio se da la vuelta con los puños cerrados, como para pegar a su hermano. Después se serena y sonríe).

Antonio. ¡Ya era hora! ¿Me llevas al cine? (Valerio asiente, Mariana se encuentra muy turbada). ¿Qué película hacen?

Valerio. "Bambi", una película de Walt Disney. Muy bonita. Muy tierna y bella (Mariana observa la vestimenta de Valerio con estupor e incómodamente).

Antonio. ¿Y me comprarás caramelos?

Valerio. Sí, claro.

Antonio. ¿Y palomitas de maíz? ¿Y regaliz?

Valerio. Sí, sí, como siempre.

Antonio. ¿Ella viene con nosotros?

Valerio. No, no creo.

Mariana. Claro que voy con vosotros.

Valerio. ¿Te gusta este juego? ¿Te divierte?

Mariana. Yo no lo he inventado.

Antonio. ¿Entonces ella quién sería?

Valerio. (Lleno de confusión). El papp..., la mam.. la novia de Valerio.

Antonio. No me tocará la pilila, ¿verdad? (Mariana se ríe). No me harás así, ¿verdad? (Repite el gesto que hizo anteriormente, alargando una mano hacia atrás).

Mariana. Te lo prometo.

Antonio. ¡Entonces podemos ir al cine!

Mariana. (A Valerio) ¿Y tú sales así?

Antonio. Claro, ¡todos los domingos! Venga, vamos a ver Bambi. (Le coge de la mano). ¡Toda la familia! (Ríe mientras le arrastra hacia la salida). ¡Al cine, al cine, que están los arlequines! (Se apagan las luces rápidamente).
 
 
 
 
 

CUADRO 7º

Noche del domingo al lunes. La escena en oscuridad. Sólo una tenue claridad que viene del ventanal del fondo. Antonio, en pijama, está sentado en el sillón de la izquierda. Tiene un osito de peluche en la mano. Por el pasillo aparece Mariana que se dirige hacia la cocina. Va en combinación.

Antonio. Cri, cri, cri... (Mariana sofoca un gemido). No tengas miedo, es un grillo. Hay muchos en la habitación.

Mariana. ¡Eres tú!

Antonio. Cada uno tiene su nombre: está Paqueto, Chufino, Filumano... el que acaba de cantar era Filumano.

Mariana. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no duermes?

Antonio. Estoy haciendo compañía a los grillos.

Mariana. Pues me has asustado.

Antonio. ¿Quieres estar un ratito conmigo?

Mariana. (Entra en la cocina). ¡Pero si es de noche! (Ruido de agua).

Antonio. ¿Tienes trabajo? ¿Tienes una cita? ¿Se ha escapado un tigre del zoo?

Mariana. (Entra con un vaso de agua y se dirige hacia el pasillo). Mañana me tengo que levantar pronto.

Antonio. ¡Alto! (Enseñándole el osito). ¿Te gusta Ricitos?

Mariana. ¿Ricitos? (Deja el vaso encima de la mesa).

Antonio. Siéntate (Le indica que se siente en el brazo del sillón). Se llama Ricitos porque tiene rizos.

Mariana. Es simpático.

Antonio. No (Lanza lejos al osito). Es un espía.

Mariana. Pues no lo parece (Se sienta sobre el brazo del sillón).

Antonio. Sí. Antes ha venido a despertarme y me ha dicho: "Ven y escucha". Después me ha cogido de la mano y me ha llevado hasta la puerta de vuestra habitación. Yo no quería, pero él ha insistido. "Ven y verás. Escucha..." Y se reía, se reía. Me estiraba del brazo hasta hacerme daño. "Mira, escucha...", y se reía porque sabe que después yo me toco. (Mariana se levanta sobresaltada. Antonio la retiene de un brazo). Es él el que me enseña cosas feas. A escuchar, a mirar por el agujero de la cerradura. Es él el que me enseña a tocarme. Yo no quiero pero después me toco. Y él me chantajea: "Si no vienes se lo diré todo a tu hermano, si no vienes me convertiré en espía". Entonces me levanto y le sigo. Y voy descalzo. Y apoyamos la oreja contra la puerta y escuchamos. Yo sé lo que estabais haciendo. Ricitos reía, pero yo no.

Mariana. ¡Nos has espiado! (Se libra de Antonio).

Antonio. (A punto de llorar). Los mayores hacer el amor, y los niños lo saben. Oyen todos los ruidos (Mariana se va aprisa. Antonio se le pone delante). No he visto nada, te lo juro. Y Ricitos tampoco. Estaba a oscuras.

Mariana. ¡Has mirado por el agujero de la cerradura!

Antonio. (Llora). ¡Se veía todo negro! (Mariana intenta irse. Antonio se lanza al suelo). ¡No te vayas, no te vayas! (Mariana se detiene). Tengo un corazoncito muy tierno que quiere mucho a los grillos. Siéntate (Mariana se arrodilla junto a él). ¿Qué es para ti un niño?

Mariana. No lo sé, no lo he pensado nunca. Alguien a quien se le ama. Alguien que crece.

Antonio. Paciencia, paciencia, y harás penitencia.

Mariana. ¿Penitencia? ¿Por qué penitencia?

Antonio. Fino, fino, con grasa de gorrino (Mariana sonríe sin entender). Un niño es como una cabaña deshabitada y alrededor de la cabaña hay huellas de hombres. Las huellas van en todas direcciones pero casi nunca hacia la cabaña. Cuando lo hacen, las pocas veces que lo hacen, llegan hasta la entrada y luego se vuelven atrás. ¡Qué bonito sería para el niño si los hombres entraran y encendieran el fuego! Escucharía sus historias y aprendería a crecer. En cambio escucha los pasos que se alejan y llora. Cuando veas una cabaña deshabitada, entra. A lo mejor es un niño. Cri, cri, cri.

Mariana. ¿Sigue siendo Filumano el que canta?

Antonio. No, esta es Meñiquita, una nena. Escucha su voz, que bonita es. Cri, cri, cri, todas las noches canta y no me deja dormir.

Mariana. ¿Quién te ha contado la historia de la cabaña?

Antonio. No es una historia, es la verdad. Está escrita en un libro que tenemos. De vez en cuando la mamá me lo lee. Me lo sé de memoria.

Mariana. ¿Y cómo sabes que es de verdad?

Antonio. Porque yo también soy una cabaña. ¿No lo ves? Mira el musgo por tierra. Escucha como sopla el viento en el camino. ¡¡¡¡Uuuuuuhhhhhh!!!! Escucha el ruido que hace la puerta... screeech, screeeeech..., escucha las gotas que caen sobre el techo: clip, clap, clip, clap. Empieza a llover. ¿Quieres entrar?

Mariana. Yo no sé encender el fuego.

Antonio. No importa, lo encenderé yo. Yo sé cómo se hace. Ricitos me lo ha enseñado.

Mariana. Si acaso, mañana por la mañana.

Antonio. ¡Pero yo soy una cabaña deshabitada ahora! (Mariana ríe) ¿Te ríes? ¿Quiere decir que no eres una buena hermanita? (Se levanta de repente).

Mariana. Espera, despertarás a Valerio.

Antonio. Valerio está despierto, porque habéis hecho el amor y te está esperando para darte el besito, -ito, -ito de las buenas noches.

Mariana. (Intentando calmarle). Yo he venido a esta casa, entre otras cosas para conocerte.

Antonio. (Tirándose hacia atrás) No te acerques, no me toques... cuidado... ¡que me haré pipí! (Mariana se para).

Mariana. Has de tener paciencia, tenemos que aprender a hablar, yo sé pocas cosas de ti, quizás las menos importantes, pero tengo ganas de quererte. Mañana acabo a las dos, tengo toda la tarde libre. Empezaremos con tus juegos, quiero conocerlos todos, cada uno por su nombre. Y luego quiero leer el libro. ¿Cómo has dicho que se llama?

Antonio. No te lo he dicho.

Mariana. ¿Y no me lo quieres decir?

Antonio. No sabemos el título, no tiene portada y por eso lo llamamos "el libro portada", porque no tiene. Siempre ha sido así, era del abuelo del abuelo del abuelo de mi abuelo, hace más de cien mil abuelos.

Mariana. Ah, pues es muy antiguo (Se le acerca).

Antonio. Sí, vale mucho dinero. Está escrito en pequeñito, pequeñito, pequeñito, pequeñito.

Mariana. (Acariciándole). ¿Me lo enseñarás mañana?

Antonio. El viento, cuando hay, hay.

Mariana. ¿Cómo?

Antonio. Pero sólo cuando hay.

Mariana. ¿Qué dices?

Antonio. Entonces me gustaría que tú me parases.

Mariana. ¿Dónde? No te entiendo.

Antonio. ¡Uff! Te lo tengo que explicar todo. Ahora, yo me voy, y tú me paras, es como si yo intentara irme pero tú no quieres porque tienes todavía que decirme algo y me coges por el brazo, como he hecho yo antes contigo, que te he dicho quédate, tú entonces me dices quédate y me haces sentar, y me explicas, y yo entiendo, y después continuamos como al principio, pero con esa historia del quedarse, que aclara un poco las cosas. ¿Está claro? Yo me voy y tú me paras.

Mariana. Pero, ¿por qué?

Antonio. (Perdiendo la paciencia). ¡Por qué, por qué, por qué! ¡Los mayores siempre quieren saber el por qué de las cosas! Pero cuando somos nosotros, los niños, los que preguntamos el por qué, entonces nos mandan al cuerno! Venga, párame. Ahora yo me siento y después me levanto y tú me paras (Se sienta). ¡Vale! (Se levanta de repente y da un paso como para irse, pero Mariana no le para). ¿Eh?, ¿por qué no me paras?

Mariana. Perdona, no estaba preparada.

Antonio. Concéntrate. Meñiquita te está mirando. ¡Hazme quedar bien! (Se sienta). Venga, ya está bien, me voy a la cama (Se levanta de repente. Mariana le para).

Mariana. No, quédate.

Antonio. Eres tú quien lo quiere, ¿verdad?

Mariana. (Sonriendo). Sí, soy yo.

Antonio. Entonces tienes que decirme que me amas.

Mariana. ¿Yo?

Antonio. Claro, tú, tú. Quién si no. Que me amas, que me amas.

Mariana. Este juego no me gusta. Ya está bien (Se va).

Antonio. (Deteniéndola). Has sido tú la que me has dicho que me quede.

Mariana. Buenas noches, Tonín (Antonio le besa las manos. Mariana intenta liberarse). Buenas noches, buenas noches...

Antonio. Chérie, chérie... (La detiene con fuerza). Ma petite...

Mariana. Por favor, para ya. Tengo sueño (Antonio intenta abrazarla. En ese momento por el pasillo aparece Valerio, con una bata larga).

Valerio. (Que no ha entendido). Ah, estás aquí...

Antonio. (Coge el teléfono y habla por el auricular). Cri, cri, cri.

Valerio. Me preguntaba dónde estabas.

Mariana. He encontrado a Tonín. Estábamos hablando. Mañana me enseñará todos sus juegos.

Valerio. (En tono un poco sospechado). ¿Y tú por qué no estás en la cama?

Antonio. (Colgando el auricular). Hacía la guardia con Ricitos.

Valerio. Venga, a dormir.

Antonio. (Sale con paso militar). Cri-cri, cri-cri, cri-cri, cri-cri... (Desaparece por el pasillo).

Valerio. ¿Qué hacíais? ¿Qué quería?

Mariana. (Muy nerviosa). Ha venido a escucharnos al otro lado de la puerta de nuestra habitación. Tienes que hacer algo, yo no lo aguanto.

Valerio. Pero no nos puede haber oído, hablábamos en voz baja.

Mariana. Yo me quiero sentir libre, no acepto la idea de que tu hermano esté detrás de la puerta.

Valerio. (También él muy nervioso). Cálmate, ya veremos. Una cosa después de otra. Cálmate. Además, ¿qué ha oído? No ha pasado nada.

Mariana. Eso es lo de menos.

Valerio. No, para mí no es lo de menos.

Mariana. Perdóname. Era la primera noche, que.. ten paciencia. Esta casa, él, y luego...

Valerio. ¿Y luego qué?

Mariana. Luego tú.

Valerio. ¿Yo? ¿Qué quieres decir?

Mariana. Vestido de mujer. Con la peluca, zapatos de tacón... (Tiene una sonrisa sarcástica).

Valerio. He tenido que hacerlo, tú misma lo has visto. Cuando le da, tengo que vestirme de mamá o de papá, sólo se calma así.

Mariana. Pero es ridículo. Con la falda... ¡una verdadera señorita! (Ríe).

Valerio. La verdad, no tiene mucha gracia.

Mariana. Hasta en el cine. Toda la gente mirándote. ¡Y tú con cara de afligido! Y él: "Mamá, ¿me compras un helado? Mamá, ¿me compras palomitas?" (Ríe con más fuerza).

Valerio. ¡Ya está bien! ¿Crees que me divierte?

Mariana. Se burla de ti, y tú lo sabes.

Valerio. ¡No es verdad! Está enfermo, todos saben que está enfermo.

Mariana. ¡Yo no puedo hacer el amor con un hombre ridículo!

Valerio. ¿Quieres que le mande al manicomio? ¿Qué tengo que hacer? ¿O quieres que le mate? ¡Quizás después tendrás ganas! (Mariana se da la vuelta rápidamente y desaparece por el pasillo). Perdona.

Mariana. Me vuelvo a casa.

Valerio. ¿Ahora? Quiero decir... ¡son las tres de la madrugada! (La sigue. Se oyen sus voces).

Mariana. Mejor, de todas formas no vamos a pegar un ojo.

Valerio. Ha sido un día muy especial, de verdad. ¡Muy, pero que muy especial! Tú recién llegada, él que no te conocía... y después la casa, los soldaditos, los cambios de vestido... ¡no creas que lo hago siempre! ¡A veces pasan meses! Además, casi siempre de padre, de madre pocas veces, muy pocas.

Mariana. Disculpa, me estoy vistiendo.

Valerio. Oh, perdóname... (Aparece en escena). Verás, todo resulta mucho más fácil, más sencillo, se necesita solamente un poco de paciencia, paciencia, nada más que paciencia. Si lo hace otra vez, te lo prometo, me visto de padre y le zurro de lo lindo, le cambio hasta el nombre, porque yo estoy por ti, por ti por encima de todo... (Mariana vuelve a escena, vestida como cuando llegó con el neceser en la mano) ¿De verdad que te vas?

Mariana. Te llamaré (Valerio la sujeta por un brazo). Por favor, estoy cansada.

Valerio. Pero ¿qué pasa? ¿Es que ya no me quieres?

Mariana. No lo sé. Perdóname (Entra en el baño y vuelve con una botellita de perfume, que introduce en el neceser).

Valerio. Tanto que nos ha costado enamorarnos y ahora, en un dos por tres...

Mariana. Necesito estar sola.

Valerio. Por qué sola, yo también...

Mariana. ¿Y por qué contigo, cuando puedo estar sola? (Valerio está hundido). Vaya donde vaya tengo la impresión de que alguien me vigila. Si no es un muñeco es un soldadito, si no es un soldadito son los grillos.

Valerio. ¿Los grillos?

Mariana. Si, hay grillos en esta casa, ¿no lo sabías? Hay en todas las habitaciones.

Valerio. ¿Pero qué dices?

Mariana. Chufino, Paqueto, Filumeno... (Se oye, ligeramente, la voz de Antonio).

Antonio. Cri, cri, cri.

Mariana. Esta es Meñiquina, una niña. ¿Oyes su voz qué linda es?

Valerio. ¡Grillos!

Antonio. Cri, cri, cri.

Mariana. Grillos. ¿Por qué? ¿qué tiene de extraño? (Entra Antonio)

Antonio. Cri, cri, cri.

Valerio. ¡Tú, vuelve a la cama!

Antonio. Estaba hablando con Meñiquina. ¿Sabes qué me ha dicho? Me ha dicho: "Tu hermano es un hermano triste"... A Mariana le gusta reír, pero tú te ríes muy poco.

Valerio. Ah, no está mal, no está mal. ¡Bravo Meñiquína!

Antonio. (Durante el monólogo que sigue, Mariana se irá encandilando con las palabras de Antonio, Valerio aparece cada vez más preocupado y humillado). Las novias quieren estar alegres. Isabel y yo siempre reíamos. Cada risa tenía un color. Cuando reíamos en amarillo todos se giraban y se reían con nosotros. Cuando reíamos de rojo todos bajaban los ojos porque la risa roja es un poco atrevida y le da vergüenza a la gente. Una vez reí en azul fuerte, fue cuando fingí ser una florecita para cortejar a Isabel. entonces ella me dijo: "¿Cómo lo has hecho? Prueba otra vez..." ¡Y yo reía en azul fuerte y ella no podía hacerlo! Reía en blanco, reía en azul pero no conseguía reírse en azul fuerte y yo, entonces, intentaba enseñárselo, reír en azul fuerte, con las posturas, así, o así... (Asume posturas distintas. abstractas). Para hacerla reír, siempre de forma distinta pero a todo color, hasta las muecas, ah, sí, me acuerdo! (Ríe). Estuvimos toda una tarde riéndonos de todas las formas posibles, no sabes cuántos colores hay para reír, solamente del verde, solamente del verde hay por lo menos treinta clases de verde, el azul tiene menos, pero el rojo tiene más, después empieza el naranja, pero están allí, allí... ¡Isabel a veces se equivocaba y yo me reía, me reía! (Ríe). ¡Más arriba, más abajo, un poco menos, así, así, no, no, así no! (Cariñosamente contrariado). ¡Reía marrón! Reír en marrón es facilísimo, es la risa más común, ¡color de hoja seca! ¡No, no, más agudo! Y ella reía y reía... Se acercaba a la risa azul fuerte, por un momento me pareció que lo había conseguido..., ¡ahí, ahí, cuidado! Hubo un silencio... nos miramos a los ojos... serios, pero con los ojos que reían. ¿Era o no era? La risa azul fuerte... Bueno de todas formas estuvimos todo el día riendo y por la tarde ya éramos novios (Mira a los ojos de Mariana). ¿Qué? ¿No te gusta?

Mariana. (Con un pequeño sobresalto, como si despertara de un sueño) Sí, por supuesto. Adiós (Mira a Valerio que baja un poco la cabeza). Adiós... (Los dos hermanos están inmóviles. Mariana desaparece por el pasillo, hacia la puerta de salida, mientras las luces se apagan).
 
 
 

FIN DEL PRIMER TIEMPO
 
 



 
 

SEGUNDO TIEMPO
 

CUADRO 1º.

Es por la mañana. Encima de la mesa el desayuno ya está preparado. Del pasillo de la izquierda se oye un ruido de tambor. Poco después Antonio aparece en el vano. Está vestido como al principio y lleva el tambor colgando del cuello. En las manos aferra unos palillos de madera que golpean con fuerza sobre el tambor.

Antonio. ¡Valerio! (Redoble de tambor). Ricitos ha sido condenado a muerte, ¿quieres ver la ejecución? Fusilado por la espalda por espionaje (Redoble). La ejecución tendrá lugar en el pasillo. Lástima de tapicería (Risas y redoble). ¿Qué, vienes? Hermanito... ¿Estás haciendo caca? (Va a la puerta del baño y mira por el ojo de la cerradura). ¡Desertor!, ¡desertor! (Corriendo, haciendo redoblar el tambor, abre todas las puertas buscando a Valerio). A los desertores se les fusila por la espalda, como a los espías (Redoble prolongado). ¡Fuego! (Corre a la cuerda de la campana unida a la papelería, que está situada en la pared de la izquierda junto a la puerta de la terracita y la hace sonar furiosamente). ¡Estás muerto, estás muerto, estás muerto! (Corre a la terracita y grita como en voz baja). Pon el cartel de "Vuelvo enseguida" y corre al cementerio, te están esperando, la tumba ya está preparada pero el muerto no llega, todos están preocupados. ¿Le habrá pasado algo? (Ríe). ¡No, hermanito, no!, ¡estaba bromeando! ¡Sube y desayunaremos juntos! (Vuelve a entrar, va a la mesa, mira el desayuno preparado, hace una inclinación). Buenos días, mermelada. ¿Has dormido bien? Sí, señora cuchara ¿Y tú? Mal, me han dejado toda la noche abandonado en una tacita de café con el fondo de azúcar reseca, me siento encostrado, es el principio ideal para un mal día (Vuelve a tirar de la campana que suena repetidas veces, después corre hacia la terraza). ¡Alló, alló! Est-ce que Valerio est la? ¿Me oyes? ¿Me oyes? ¡Deja la papelería y date prisa! (Vuelve a entrar y de nuevo hace una inclinación al desayuno) ¿Cómo está la mantequilla? Está un poco gorda, pero bueno, bien, bien. En cambio la manzanilla está muerta, está seca, que ya hace mucho tiempo que está en el aparador. Y pensar que ayer me decía: "¡Daría mi vida por un buen café!". "¿Tiene fuego?", le pregunta el bombero al pirómano... (Se oye el ruido de la puerta de entrada que se abre). ¡Despegue, despegue, sujétense los cinturones, preparados para el despegue!. ¡Sin saludar, sin decir nada, ni siquiera una carta, nada, ni un telegrama! (Valerio entra, un poco jadeante. Lleva un guardapolvo gris, en el bolsillo tiene algunas plumas y lápices y las gafas).

Valerio. ¿Por qué has llamado? ¿Por qué me has hecho subir?

Antonio. Feliz imbecilidad, única felicidad (Ríe). Has llegado justo a tiempo. Estoy a punto de hacerme pipí encima y se me han acabado los pañales.

Valerio. (Yendo aprisa al pasillo de la izquierda). ¡Pero si te los compré el martes! (Desaparece).

Antonio. Me he hecho muchas veces encima esta semana.

Valerio. Está bien, está bien. ¿Has llamado por eso? Sabes que hay siempre un paquete de reserva en la cómoda (Vuelve con un paquete de pañales de bebé) Toma (Se los tira, Antonio los deja caer en el suelo).

Antonio. Cuando me levanto la mamá me prepara el desayuno.

Valerio. Ya está preparado.

Antonio. Está frío, el café con leche está frío.

Valerio. (Rodea la taza con las manos). ¡No, aún está caliente!

Antonio. ¡Cuando me levanté estaba frío!

Valerio. ¡O sea que se ha calentado solo! Esta mañana has dormido más de lo normal y yo tenía que abrir la tienda. ¿Aquí quién es el que gana el dinero? ¿Quién mantiene a la familia? (Redoble de tambor). ¡Cállate! (Antonio obedece). ¿Puedo tenerlos también ya alguna vez?. Los nervios, ¿puedo tenerlos? ¿O me puede doler la barriga alguna vez?. ¿Y quién paga el teléfono?. ¿Me puedo hacer pipí encima? (Desaparece por el pasillo hacia la salida).

Antonio. Me parece que Mariana va a volver (Silencio. Vuelve Valerio).

Valerio. No, Mariana se ha ido y ya no vuelve. No me ha vuelto a telefonear. ¿Estás contento? Lo has hecho muy bien, bravo, ¡te felicito! Lo consigues destrozar todo, destroza, destroza, trituracarne, triturahuesos... (Hace señal de salir pero Antonio se ríe burlonamente. Entonces vuelve sobre sus pasos y se dirige enfadado contra él arrebatándole un palillo del tambor). Todo iba muy bien, era el primer día, pero tú, tú... (Le amenaza con el palillo. Antonio huye. Valerio se detiene desconsolado).

Antonio. Yo soy un niño Meñique con la cabeza abajo. Mira, mira, así (Alarga el tambor sosteniéndolo con una mano lejos del cuerpo y baja exageradamente la cabeza).

Valerio. ¿Sabes por qué Mariana no va a volver? Ahora te reirás. Porque me ha visto vestido de mamá, por eso.

Antonio. ¿Por qué dices "vestido de mamá"? Esas cosas no se dicen (Deja caer el tambor).

Valerio. Se dice, no se dice... ¡Se dice la verdad!

Antonio. Me habías prometido que no cambiaría nada y sí que ha cambiado todo y hasta el centinela ya no hace guardias.

Valerio. Sí, el centinela, parapí, parapí, con la falda, con la peluca, los tacones... ¡Míralo, allí, el hermanito, el hermanito enfermo con su cerebro frito, empanado!

Antonio. (Tira por tierra con fuerza el otro palillo). ¡Tenías que haber frenado antes!

Valerio. Mejor hubiera sido no haber frenado, y así también yo me hubiera ido al otro mundo. Y así tú estarías en un instituto para retrasados mentales y les tocarías el culo a las enfermeras y a meneártela contra la pared del patio, sin tantas Mariana! (Durante el soliloquio de Valerio, Antonio está inmóvil, con una sonrisa extraña. Valerio habla más a sí mismo que a su hermano). No es nada fácil conquistar una mujer. La invitas a salir y si te dice que no, te frustras y si te dice que sí... ¡oh!, si te dice que sí es terrible! Si te dice que sí, ¿qué haces? ¿A dónde vas? ¿Al café? Bueno, sí, sí, bien, ¡muy bien! Pero sólo al principio, porque una vez estáis sentados, piensas: "Y ahora, ¿qué le digo?" Y le miras a los ojos y esperas que llegue el camarero, ¡porque las mujeres esperan de nosotros grandes cosas! Entonces me concentro, me concentro, pero no se me ocurre nada. Entonces ella enciende un cigarrillo. ¡Vaya! ¡Fuma! Porque si no fuma no hace absolutamente nada, te mira y espera, ¡maldita! Y tú haces todo lo que puedes y le dices: "¿Te gusta?" Y ella: "Sí...". Y otra vez silencio, y miras a todo el que entra en el local, y ves parejas felices; ¡que ríen! Y las pausas, son horribles. No se lo deseo a nadie... (Se sienta en el brazo del sillón de la derecha). Y en esos momentos esperas que se hunda el techo, y que haya heridos, posiblemente también un muerto, y así, finalmente, estarías a salvo. Pero, ¡nada! ¡Nada de nada! El techo no se cae, está allá arriba, robusto, de cemento armado, y entonces piensas: "Dios mío, ¡haz que venga un terremoto!" Pero nada, no se mueve una hoja, ¡y tú te sientes perdido! ¡Esa es la que te espera si sales con una mujer! (Se levanta repentinamente y blandiendo el palillo del tambor como si fuera un arma se lanza contra Antonio, que huye). Pero una vez, una vez en la vida, ¡va y se te ocurre la idea exacta! Y entonces la conversación corre fluida, ¡sin problemas! ¡Mariana me escucha, sonríe, me contesta! (Se detiene, tira el palillo, se arregla la corbata con un impulso de orgullo masculino). ¡Es un triunfo, querido mío! ¡Once años que no tenía novia!

Antonio. Doce (En la terraza, en voz alta, como para hacerse oír por toda la finca). La última te plantó seis meses antes del accidente. ¡No es culpa mía, si no le gustas a las mujeres!

Valerio. (También en la terraza, en voz tan alta como su hermano). Te olvidas que en todos estos años no he hecho otra cosa sino ocuparme de ti. ¡He pensado solamente en ti! (Vuelve a entrar, se sienta en la mesa y mecánicamente extiende mermelada sobre una rebanada de pan). Cuando encontré a Mariana me quería escapar, porque me di cuenta enseguida que era peligrosa, peligrosa, ¡muy peligrosa! ¡Qué emoción! Me armé de valor, aun no sé como lo hice. Miré al suelo y le pedí una cita. ¡Y ella aceptó! ¿Por qué aceptó? No tenía motivo alguno, y sin embargo aceptó. ¡Mujeres! Pensé: es viuda y quiere casarse, a lo mejor tiene un hijo y quiere darle un padre, o quizás está enferma, ¡eso es, sí, está enferma! ¡Busca una papelería donde pueda ir a morir! (Pone la rebanada de pan en un plato).

Antonio. (A quien no ve Valerio, coge la rebanada). Se muere bien en una papelería (Se la come).

Valerio. Lo pensé todo. En un instante lo pensé todo, porque no me inspiraba confianza. Y va y no. Estaba sana (Mecánicamente prepara otra rebanada). Y salimos, y salimos, nos veíamos y me sonreía. Me sonreía, ¡a mí! Y me escuchaba y me hablaba y una vez me dijo: "Te amo". ¿Entiendes? Tú, ¿entiendes? "Te amo", me dijo, y yo... yo... (Le sale un gemido que casi es un grito, se levanta con la rebanada en la mano). ¡Y yo hablaba, hablaba, le contaba todas las cosas, también del pasado, de mi pasado, todo, todo!

Antonio. (Corriendo hacia la terraza). ¿También que te hacías colección de chapas de cerveza? ¿Dónde están las chapas, hermanito? (Mira abajo, probablemente el lanzamiento tuvo lugar allí). ¿Dónde?.

Valerio. Tranquilo, que tú también sales, también hablaba de ti, imposible dejarte fuera.

Antonio. Fue una hermosa lluvia, una hermosa lluvia, hermosa, hermosa. Sí, ¡de verdad! Crrr... ¡crepitaba como si fuera fuego!

Valerio. ¡Desde el tercer piso! Fue un lanzamiento magnífico, sí, ¡toda la caja! ¡Cientos de chapas que rebotaban sobre el asfalto! ¡Seis años coleccionando chapas! Había algunas rarísimas.

Antonio. (Riendo, feliz al recordar). ¡Y la gente escapaba a toda prisa!

Valerio. Había dos de cerveza belga, que se bebe “brûlé”. Ahora ya no la hacen, hoy valdrían millones.

Antonio. ¿Se lo contaste a Mariana?

Valerio. (Derrumbado en el sillón de la izquierda, siempre con la rebanada en la mano). No.

Antonio. Tenías que habérselo contado, le habría gustado. ¡Saltan las chapas y ella se ríe!

Valerio. No es una estúpida.

Antonio. Te digo que se ríe. Me parece que oigo reír a Isabel.

Valerio. ¿Qué Isabel?

Antonio. (Excitado) ¡Es ella!

Valerio. ¡Déjala!

Antonio. Está buscando la risa azul oscuro, ¡hay que ayudarle! (Se va corriendo a la cocina, luego al baño, luego al pasillo). Se ríe en azul, en verde oliva! Isabel, ¿dónde estás? ¿Dónde está mi querida rubia? ¡Te apuesto a que se ha vestido con el traje de novia! ¡Búscala!. ¡Isabelita, Isa! (Se para, mira a un punto fijo en el proscenio. Se adelanta, se arrodilla) ¿Te has hecho daño? ¿Estás herida? Dijeron que habías muerto de repente, ¡allí, en aquel lugar! Pero no..., ¡no hay que fiarse mucho de las habladurías de la gente! ¿Aún tienes los pezoncitos duros? ¡Si supieras cómo me gustan tus pechos pequeños, pequeños, que se acurrucan quietos en mi mano! ¿Quieres que nos riamos ahora en azul? (Se levanta y como si tuviese a la muchacha entre sus brazos hace algunos giros sobre sí mismo, riendo. Después se para, coge por la mano a Valerio y le obliga a levantarse). ¡Arriba, vamos a probar! (Valerio está inmóvil en el centro de la escena, con aire de resignación. Antonio va al perchero, coge el vestido de novia y se lo da). ¡Venga, haz lo que yo hago! (Ríe. Después vuelve al perchero, coge la peluca rubia y se la pone en la cabeza a su hermano). ¡Hay que ganárselo!, ¡el Paraíso! ¡Hay que ganarse el Paraíso! (Valerio también ríe. Antonio lo coge por debajo del brazo entonando la marcha nupcial). La barbilla hacia arriba, ¡levanta la cabeza! (Avanzan hacia el proscenio). ¡Bravo, bravo! ¡Cierra los ojos! (La risa de Valerio es un lamento). ¡Caliente, caliente, casi azul ardiente! (Tocan a la puerta. Cesan las risas). Voy yo (Valerio tira la rebanada y le detiene).

Valerio. ¡No, espera!

Antonio. ¡Hay alguien en la puerta que hace cri, cri!

Valerio. (Precipitándose al pasillo). ¡Podría ser Mariana! (Se oye un ruido que viene de la puerta de entrada que se abre. Poco después Valerio reaparece en escena andando hacia atrás. En una mano tiene un maleta grande y en la otra el neceser. Le sigue Mariana, que mira a Valerio muy extrañada).

Antonio. Mariana, te presento a Isabel. Isabel, esta es Mariana.

Mariana. ¡Hola!

Valerio. Qué contento estoy. ¡Ya no te esperábamos! (Desaparece por el pasillo de la izquierda, llevando las maletas).

Mariana. La verdad es que no sé por qué estoy aquí.

Antonio. Ricitos sí lo sabe. Y Filomeno te saluda.

Mariana. Hola, Antonio.

Antonio. (Feliz). ¡Antonio, no Tonín! ¡Opla! (Toma en brazos a Mariana que lanza un grito de sorpresa). ¿Sabes reír en azul brillante? Es la risa de los novios felices. Así, ¿ves? (Ríe).

Mariana. (Divertida, en alta voz). ¿Valerio, tú lo sabes hacer?

Valerio. (De lejos) ¿El qué?

Antonio. El está siempre triste, no sabe reír. Prueba conmigo (Ríe agudamente). ¿Te gustan los colores?

Mariana. Mucho, sobre todo el azul brillante.

Antonio. Entonces, ríe (Se deja caer en el sillón de la izquierda, con Mariana en sus brazos) ¡Prueba! (Mariana ríe). ¡Estupendo, estupendo, así es, lo has hecho! (Ríen los dos juntos). ¡La risa azul brillante! (Valerio vuelve, en la mano tiene el traje de novia y la peluca rubia. Cuelga el traje, les ve y se queda con la boca abierta, la peluca a mitad camino del perchero). ¡Más agudo, más! ¡Magnífico! ¡Hasta se huele el perfume! (La risa de Mariana es siempre delicada, como una cascada de agua plateada. Oscuridad de repente).
 
 
 
 
 

CUADRO 2º

Unos días después, a última hora de la tarde. Hay pequeños cambios en la habitación: el ventanal del fondo está cubierto por una cortina de un color gris casi beige. La mesa está ahora a la derecha del sillón de la izquierda, los montones de papeles están un poco más ordenados, el tren y las vías han desaparecido. Valerio está sentado a la mesa, iluminado por la luz de un flexo. La corbata aflojada, inmerso entre los papeles, está haciendo cuentas con una vieja calculadora bastante ruidosa. Mariana está sentada en el sillón de la derecha. Va vestida con unos jeans y una camisola corta. Antonio, acurrucado en el suelo, tiene en la mano un oso de peluche, idéntico al que tenía antes.

Antonio. (Entregando el oso a Mariana). Y este es el hermano de Ricitos.

Mariana. Se le parece.

Antonio. Es que son gemelos.

Mariana. ¿Sí?

Antonio. Sí, ¿lo ves? (Recoge a Ricitos y se lo enseña). Son iguales.

Mariana. Es verdad. ¿Cómo se llama?

Antonio. Ricitos.

Mariana. ¿Éste también?.

Antonio. Sí, porque tiene rizos.

Mariana. ¿Y cómo los distingues?

Antonio. Por instinto. (Levantando a Ricitos). Este es Ricitos.

Mariana. (Levantando al otro). Pero éste también es Ricitos.

Antonio. Sí, pero Ricitos es éste.

Valerio. (Sin levantar la vista de su trabajo). Tiene un lacito alrededor del tobillo izquierdo.

Mariana. (A Antonio) ¡Tramposo! (Ríe con él). Con que instinto, ¿eh?

Antonio. Pienso más aprisa que la luz, ¿verdad hermanito?

Valerio. (Como antes) Sí, como la luz cuando está apagada (Silencio).

Mariana. Tocado. Bravo (Antonio juega con el avioncito)

Antonio. (En tono sordo). Mooouuummm.

Mariana. Tu hermano no quería ofenderte.

Valerio. (Interrumpiendo su trabajo e intentando recuperarlo). Por supuesto que no. Es que intento ahorrar, y por eso me gustan las luces apagadas (Ríe con embarazo). Cuando veo una luz encendida voy enseguida a apagarla. Naturalmente si está encendida sin motivo, porque si debe estar encendida, soy el primero en encenderla. ¿Verdad Tonín?

Mariana. (Sin hacerle caso, volviéndose a Antonio). ¿No quieres presentarme tus otros juguetes?

Valerio. Se llama "Pequeña economía familiar" (Se introduce en su trabajo, muy satisfecho por la definición que ha encontrado).

Mariana. Hacía mucho tiempo que no veía un juguete. Años. Qué extraño. Una mañana te despiertas y tus juguetes te resultan extraños, y ya no los miras. Quién sabe dónde han ido a parar mis muñecas.

Antonio. ¿Tenías muchas?

Mariana. Sí, por lo menos treinta. La preferida se llamaba Olimpiada.

Antonio. ¿Olimpiada? Qué bonito. ¿Por qué Olimpiada?

Mariana. Porque me la regaló mi padre un vez que hubo unas Olimpiadas. Era mi padre el que le ponía el nombre a las muñecas. ¿Sabes cómo se llamaban las otras? Eneida, Ilíada, Odisea... (Antonio se ríe a gusto). Yo hubiera querido llamarlas con otro nombre. Me gustaban nombres de bailarinas, nombres que leía en las novelas: Zora, Lola, Yusi... pero él decía: "Déjate de desatinos, a ésta la llamaremos Samotracia...".

Antonio. Desatino, desatino con manteca de tocino.

Mariana. Decía: "¡Nuestras muñecas!"... "¿Cómo están nuestras muñecas? ¿Han dormido bien las muñecas? ¿Han desayunado nuestras muñecas?" Siempre volvía a casa con muñecas.

Antonio. Si hubiera estado Ricitos las habría dejado a todas embarazadas.

Valerio. (Levantando la cabeza de su trabajo). Ya está, ¿lo ves? (Se toca la frente como diciendo: "Sencillo", luego vuelve a contar).

Antonio. Y así habrían nacido un montón de trenes, y de aviones, y pelotas como Bomba.

Mariana. ¿Bomba?

Antonio. Sí, Bomba es mi pelota (La coge). Cuando la hago rebotar parece una bomba. Escucha (La hace rebotar violentamente contra el suelo).

Valerio. ¡No!

Antonio. ¿Has oído? Los vecinos protestan y mi hermano no quiere.

Valerio. Mariana, por favor.

Mariana. ¡Pero si no ha pasado nada!

Valerio. Porque no conoces a los vecinos de abajo. Ya te irás dando cuenta (Vuelve a trabajar).

Mariana. (En voz baja a Antonio). Acércate más. Así no molestamos (Se sientan los dos en el suelo delante del sillón).

Antonio. ¿Tu padre murió en un accidente?

Mariana. Mi padre está vivo. Mi madre también. Aún son jóvenes, porque me tuvieron muy pronto.

Antonio. ¿Y te preguntan siete por siete?

Mariana. Ya no vivo con ellos. Hace ya muchos años. Ya soy mayor.

Antonio. ¿Te vas a casar con mi hermano? (Ambos miran a Valerio, muy concentrado en su trabajo).

Mariana. No lo sé, ya veremos. Hay tiempo.

Antonio. (Cómplice). ¿Quieres huir?

Mariana. (Con una sonrisa). A lo mejor.

Antonio. Es el momento. Mis soldados duermen.

Mariana. Eres un niño inteligente.

Antonio. Entonces quédate. Siempre podrías casarte conmigo.

Mariana. ¿Por qué no? Cri, cri, cri

Antonio. Cri, cri, cri (Ríen).

Valerio. ¿Qué pasa? ¿Por qué os reís? Mariana ¿por qué no me contestas?

Mariana. Tienes un hermanito muy simpático.

Valerio. ¡Ah, bueno! Me alegra que os hayáis hecho amigos. ¿Qué te decía? (Mariana no contesta, Antonio corta la situación embarazosa).

Antonio. Le he dicho a Mariana que mis soldaditos hacen pipí en el casco (Mariana se ríe de la idea).

Valerio. (Cortado). No sabes hablar de otra cosa más que de pipí, ¡siempre y sólo de pipí! ¡Les pondremos los pañales a tus soldaditos! (Queda un instante atónito, como sorprendido de su gracia. Después se abandona a una risa de complacencia, aguda, un poco estridente, y aprieta un puño en el aire como diciendo: "He ganado". Luego vuelve la cabeza a su trabajo).

Mariana. (Asombrada de tal exhibición) Está un poco nervioso. Debes de tener paciencia.

Antonio. Si supieras cuánta paciencia tengo... A veces me gustaría dejarle plantado y largarme. ¿Pero cómo voy a dejarle? ¿Qué sería de él? Me da pena, pobrecito (Mariana ríe con ganas).

Valerio. Bueno, ¿se puede saber qué pasa? Charláis, charláis por lo bajini y después os reís.

Mariana. ¿Y eso es malo?

Valerio. No, pero es extraño. ¿Qué necesidad hay de reír? (Vuelve a su trabajo en un silencio embarazoso).

Antonio. (En voz baja). ¿Si ahora encontraras tus muñecas las reconocerías?

Mariana. Sí..., creo que sí.

Antonio. ¿Y te acordarías de todos sus nombres?

Mariana. Bueno, de todos no lo sé. A lo mejor. Ha pasado tanto tiempo...

Antonio. ¿Cuánto?

Mariana. Años, años, años.

Antonio. ¿Y cómo ha sido?

Mariana. ¿Cómo ha sido el qué?

Antonio. Que lo dejaste todo.

Mariana. Para sentirme más libre, es normal. Todos los jóvenes lo hacen.

Antonio. ¿Y no te llevaste tus muñecas?

Mariana. Fue un grave error, ahora me doy cuenta.

Antonio. Habrán llorado muchísimo.

Mariana. Es verdad, creo que sí.

Antonio. ¿Y cómo has podido? ¡Piensa en Olimpiada! ¡Debe haber sido terrible para ella! Es como si yo..., como si yo abandonase a Ricitos. ¡Sufriría muchísimo! Porque, dejemos aparte que es un espía, de acuerdo, es un defecto, pero seguimos siendo amigos; cuando tengo sed me dice: "Tienes sed", y yo me doy cuenta de que tengo sed; ¡antes no lo sabía! ¡Sin Ricitos ya me habría muerto de sed! (Coge al gemelo de Ricitos). El no, él pasa de mí. Es valiente, se lava, estudia, es el primero de la clase, pero es un egoísta, yo no le importo nada, si se muere no pienso llorar (Tira lejos al oso). Pero Ricitos, no. ¡Ricitos es mío, es mi amigo, mi amigo, mi amigo! (Coge a Ricitos). El lo sabe todo de mí y yo de él, ¡somos así! (Cruza con fuerza los dedos de sus manos). Oh, con Ricitos iría  por todo el mundo, hasta iría a la estepa siguiendo las huellas de los lobos (Se levanta, conmovido). Vosotros, los mayores, no tenéis corazón. ¡Tenías una muñeca preferida y la abandonaste! Pero, bueno, ¿dónde piensas que encontrarías otra Olimpiada? (Mariana llora). ¿Lloras? Quiere decir que estás arrepentida. Si se lo decimos a tus muñecas te perdonarán. ¡Pero es que la hiciste gordísima!

Valerio. Bueno, ¿ahora qué pasa? (Se levanta, va hacia Mariana). ¿Ahora por qué lloras?

Mariana. No lo sé, por nada.

Valerio. ¿Cómo que por nada? Habrá un motivo, ¿no? Primero te ríes, ahora lloras...

Antonio. Es como cuando llueve y hace sol.

Mariana.  (Sonriendo). Sí, justo así.

Valerio. (Suspicaz). No sé qué pasa... Ríes, lloras. ¿Quién es Olimpiada?

Antonio. Es su muñeca preferida.

Valerio. ¿Con ese nombre?

Antonio. Se lo puso su padre.

Valerio. (Sentándose en el brazo del sillón y acariciando el pelo de Mariana). ¿Y tú le haces caso? ¡Qué tontería! (Antonio intenta agredir a su hermano, pero Mariana le detiene con un gesto).

Mariana. Es la verdad (Antonio retrocede).

Valerio. Escucha... si hay que jugar, de acuerdo, juguemos, vale... pero yo no te quiero ver llorar. ¡Me lo cargo a éste! Porque le conozco, mi hermanito es capaz de todo, tú estás aquí por mí, no por él; ¿está claro? (Le pega un empujón a Antonio). ¿Qué pasa? (Antonio se detiene con dificultad).

Mariana. ¡Pero bueno!, ¿qué haces?

Valerio. El tenía que presentarte sus juguetes, lo habíamos decidido así, ¿no? (A su hermano). Bueno, pues enséñaselos. ¡Enséñaselos y no me cabrees! Está aquí... mira: el trompo, el barco, la culebra que se retuerce... ¿eh? Enséñale tus juguetes. Venga, va, yo, mientras, acabo de trabajar y después comemos (A Mariana, con una repentina duda). ¿Te ha doblado el brazo por casualidad? Porque a sus arlequines se lo hace, a sus amiguitos muchas veces les dobla el brazo. ¡No se da cuenta de la fuerza que tiene! ¿No me contestas?

Mariana. Es sólo un momento de melancolía (Antonio, a quien no ven, se ha sentado en la mesa en el sitio de Valerio).

Valerio. Llámalo melancolía, si quieres, pero tú estabas llorando...

Mariana. (Secándose las lágrimas y dirigiéndose a Antonio). ¿Seguimos?

Antonio. No.

Valerio. ¡Vaya!

Mariana. ¿No quieres?

Antonio. Es sólo un momento de melancolía.

Valerio. ¿Lo ves? Ya está... (Hace un gesto de atornillar en la sien). ¡Qué puedo hacer! No es suficiente con tener sentido común, ni con tener paciencia. Intento abrir y él cierra, cierra.

Antonio. Cro, cro, cro.

Valerio. ¿Qué pasa ahora?

Antonio. Son los grillos de Alaska. Pesan medio kilo y hacen cro, cro.

Valerio. ¡Ahora los grillos de Alaska! (Antonio empieza a maniobrar sobre la calculadora y a desbarajustar los folios). ¡Y yo aquí, a trabajar! (Se lanza sobre su hermano que se levanta y huye a la cocina. Los folios vuelan por todas partes). ¿Sabes cuántos impuestos tengo que pagar? ¿Lo sabes? (Se agacha para recoger los papeles).

Mariana. ¿Qué tienen que ver ahora los impuestos?. Seguramente...

Valerio. ¿Que qué tienen que ver los impuestos? Mientras sea yo quien los tenga que pagar, te aseguro que tienen que ver, te lo aseguro, y ¡cómo! (Colocando con fuerza los folios encima de la mesa). Aquí están las cuentas, ¡prueba y me creerás!

Mariana. Estábamos hablando de los juguetes, ¡hablábamos de mis muñecas!

Valerio. Sí, ¡claro! ¡Olimpiada! ¡Campeonatos del mundo! ¡No le debes dar cuerda! ¡No le tienes que escuchar!

Mariana. ¡Tranquilízate! ¡No me estás escuchando!

Valerio. Sí te escucho, ¡no estoy sordo!

Mariana. ¡Peor, peor que sordo!

Valerio. ¡Vale, está bien, soy ciego y cojo! ¡Y mientras tanto él te tuerce el brazo!

Mariana. ¡Pero si no me ha torcido nada!

Valerio. Entonces llorabas porque sí, ¡por deporte!

Mariana. ¿Quieres callarte un momento?

Valerio. Vale, vale, de acuerdo, ¡te escucho!

Mariana. Lloraba porque de repente me he acordado de mi infancia.

Valerio. ¡También tú!

Mariana. Como de pequeña tenía tanta fantasía mis padres me decían: "¡Mariana, baja, baja de las alturas!". Contra más alto volaba más me hacían bajar: "Baja, baja". Y a fuerza de bajar he bajado hasta aquí.

Valerio. (Que no ha comprendido, se acerca al sillón donde está sentada Mariana). ¿Quieres decir que esto es una situación demasiado modesta?

Mariana. ¿Modesta?

Valerio. (Arrodillándose junto a ella). La verdad es que la tienda va bastante bien. Ha habido un incremento este año, precisamente estaba repasando las cuentas. Gracias a las fotocopias. Se trabaja mucho hoy con fotocopias. Cada vez se consume menos pan, y menos leche, y menos mantequilla, pero se consumen montañas de fotocopias (Aprieta los puños, como diciendo: "Tuve una buena intuición; me salió bien"). ¿Mejor? ¿Eh?, ¿va mejor? (Mariana sonríe. Antonio, a quien no han visto, ha vuelto y se ha escondido detrás del sillón). ¿Y ahora dónde se habrá metido?

Antonio. (Apareciendo por detrás del respaldo del sillón). Crunk, crunk, son grillos alemanes.

Valerio. (Se levanta). Bravo, preséntales los grillos alemanes que hacen crunk, crunk. Unos cuantos grillos y después comeremos (A Mariana). Procura tener paciencia, ¿eh? Cinco minutos (Vuelve a su trabajo).

Mariana. (A gatas, alcanza a Antonio que se ha acurrucado detrás del sillón). Cri, cri... ¿se puede?

Antonio. Crunk, crunk,... adelante.

Mariana. Te ha pasado la melancolía.

Antonio. La melancolía me ha pasado, pero ahora me pica.

Mariana. ¿Quieres que te rasque?
Antonio. Me pica el corazón. Es un buen síntoma, ¿sabes? Quiere decir que se acerca Navidad (Ríe).

Mariana. Creo que a mí también me pica.

Antonio. Hay que rascarse.

Mariana. ¿Cómo se rasca uno el corazón?

Antonio. Ahora te lo enseño.

Mariana. ¿Tú lo sabes hacer?

Antonio. Claro, me lo ha enseñado Ricitos. Mira: primero se levantan los brazos, así (Levanta los brazos). Venga, levanta los brazos (Mariana le imita).

Valerio. ¿Ahora qué estáis haciendo?

Antonio. Ahora tienes que decir langosta. ¡Venga!

Mariana. ¡Langosta!

Antonio. ¡No, una vez sólo no, por lo menos diez veces, veinte! Langosta, langosta, langosta...

Mariana. Langosta, langosta, langosta...

Antonio. ¡Venga, venga, continúa! Langosta, langosta... ¡piensa en las langostas!

Mariana. (A Valerio que la está mirando con la boca abierta). ¡Di tú también langosta!

Valerio. ¿Yo? ¿Por qué?

Mariana. ¿Por qué?, ¿por qué?. ¡Venga, di langosta!

Valerio. (Con resignación). Langosta.

Mariana. ¡Y sonríe! (Continúa el juego mientras Valerio sacude la cabeza). ¡Langosta, langosta!

Antonio. ¡Estupendo! ¿Te ha pasado?

Mariana. ¡Sí!

Valerio. ¿Qué te ha pasado?

Mariana. ¡El picor en el corazón! ¿No has probado nunca? ¿Es posible que no hayas probado nunca?

Valerio. Lo siento, a mí me duele el estómago, la cabeza, las muelas...

Antonio. Porque eres un común mortal adulto incólume (Valerio levanta los hombres y comienza de nuevo a teclear en la calculadora).

Mariana. Te doy las gracias por haberme enseñado este método.

Antonio. Debes darle las gracias a Ricitos, no a mí.

Mariana. Bueno, pues cuando le veas, le das las gracias de mi parte.

Antonio. (Con el aire de quien ha vivido mucho). Tendría que verle esta tarde; se lo diré.

Mariana. ¿Esta tarde?

Antonio. Sí, vamos al Trocadero. ¿Lo conoces?.

Mariana. No, no he ido nunca.

Antonio. Bueno, sabes... nada especial. Se bebe un poco... Hay chavalas... Se habla de unas cosas y otras... Ricitos conoce a mucha gente.

Mariana. ¿Proyectos?

Antonio. Bueno, sí... alguno... pero prefiero no hablar. Por aquello del mal de ojo.

Mariana. Ah sí, lo comprendo (Cruza los dedos índice y medio de las dos manos).

Antonio. (Repitiendo el gesto). En todo caso por el mar. No me gusta el avión.

Mariana. A mí tampoco. Por mar es mejor.

Antonio. Mucho mejor. Muchísimo, muchísimo mejor.

Mariana. (Levantándose). Valerio...

Valerio. (Sin mirarla). Langosta.

Mariana. (Ríe). ¡No, hombre, no! ¿Preparo la comida?

Valerio. Ah, sí, sí... gracias.

Mariana. ¿Tienes hambre?

Valerio. Bueno, un poco sí... ¡trabajando me entra hambre! (Mariana se va a la cocina).

Antonio. (De pie, soñando). Aaaaahhhh.... en el puente.... (Respira profundamente). La costa ya está lejos... ¡Qué bonito el pelo al viento! ¿Te lo hubieras imaginado, Ricitos? ¡Las chavalas del Trocadero han subido al mismo barco! ¡Comandante!... ¡Todo a babor!... ¡¡¡Uuuuuhhhh!!!... ¡Sopla el viento, contramaestre, sopla el viento!... (Imita el viento con su voz, mientras Valerio continúa tecleando en la calculadora y las luces se apagan poco a poco).
 
 
 
 
 

CUADRO 3º

Unos días después, justo después de la comida. Antonio escribe en un cuaderno con evidente dificultad mientras en la otra punta de la mesa Valerio juega en un ajedrez electrónico. De vez en cuando se oye un "bip". De repente Antonio pega un puñetazo en la mesa.

Antonio. ¡Uff!

Valerio. (Protegiendo las piezas que se tambalean). ¡Cuidado...!

Antonio. Me he equivocado otra vez. No he puesto el acento (Le enseña el folio a Valerio).

Valerio. ¡Me lo estropeas todo! (Antonio estruja el folio convirtiéndolo en una pelota). ¡Ahora que estaba ganando! (Lanza la pelota contra el ajedrez derribando algunas piezas).

Antonio. ¡Jaque loco!

Valerio. ¡No! ¡Animal, animal! (Recogiendo las piezas, algunas del suelo). ¡Te las voy a hacer comer!

Antonio. (Abriendo la boca como si esperase la comida) ¡¡¡Aaaaahhh!!!

Valerio. ¡Tenía ventaja en la posición! (Vuelve a colocar las piezas, pero es evidente que no recuerda bien la situación precedente). ¡Estaba en el octavo nivel!

Antonio. Yo no sé escribir.

Valerio. ¿Te das cuenta?

Antonio. Yo no sé escribir "octavo nivel". Tengo un amigo. Está en América. Para hacerle entender que he ganado una partida al octavo nivel contra tu ajedrez electrónico de plutonio de mierda ¡le tengo que telefonear! ¿Has entendido? ¡Le tengo que telefonear! (Mirándose al pecho, bajo de la camisa). ¿Oiga?, ¿Oiga? ¿Está John? ¿Eres Jack? ¿Está Pecos Bill?

Valerio. Escucha, Pecos Bill, tú una partida de octavo nivel contra este ajedrez no lo ganas en la vida, ¿entendido? ¡En la vida! Y ni siquiera al segundo nivel, ni al primero. ¡Tú sólo puedes ganar al juego de la oca!

Antonio. No es verdad. Una vez te gané.

Valerio. Porque te dejé ganar.

Antonio. (Después de un silencio). Ya no sé si los niños son un consuelo para los mayores. Hace tiempo creía que sí, estaba escrito en el libro portada. Hace tiempo los mayores enseñaban a los niños, y así se pasaban unos a otros los secretos. ¿Cómo se capturan los erizos de campo? ¿Se siembra en luna menguante o en luna creciente? ¿Por qué no se deben hacer conservas cuando hay viento? ¿Por qué la nuez es mala?

Valerio. (Sarcástico). ¿Hay más pelos de gato o pelos de perro en el mundo?, ¿pesa más un elefante que tres hipopótamos...?

Antonio. ¿Tú tienes algún secreto que contarme? Por ejemplo, ¿cuándo se ponen los acentos? ¿Cuándo se ponen?

Valerio. Tú no sabes escribir, no porque no sepas escribir, sino porque te has olvidado. ¿Te acuerdas del doctor? En tu caso es difícil volver a aprender, porque hay un rechazo por tu parte.

Antonio. ¿Quieres decir que hay alguien dentro de mí que dice no, cuando yo digo que sí?

Valerio. Más o menos (Vuelve a su juego).

Antonio. Cuando Ricitos dice no, Ricitos dice que sí.

Valerio. Vale, estupendo, escribe hipopótamos diez veces. Con acento en la segunda o (Exagerando el acento). Hipopoooootamo.

Antonio. ¿De verdad que me dejaste ganar aquella vez?

Valerio. Sí, lo siento, no quería decírtelo, pero se me ha escapado.

Antonio. ¿Por qué?

Valerio. Porque de vez en cuando hay que dejar contentos a los niños. ¿No te ha gustado?

Antonio. ¿Quieres saber por qué me dejaste ganar?

Valerio. Veamos.

Antonio. Porque te diste cuenta que de todas formas te habría ganado. Y entonces, para no perder, ¡me dejaste ganar!

Valerio. (Apretando la risa). ¡Oye, escucha...!

Antonio. Esa es una risa verde podrida.

Valerio. Escribe hipopótamo y no me cabrees más.

Antonio. ¡Te había comido la reina!

Antonio. ¡Dejé que te la comieras!

Antonio. ¡No! ¡Yo pienso rápidamente, muy rápidamente! Oí un "ah", dijiste "ah", pero ni siquiera era un "ah", era un pequeño gemido imperceptible ¡y yo lo oí! ¡No te habías dado cuenta de que la reina estaba en peligro! Porque tú juegas conforme a las reglas, a las reglitas pequeñitas, itas, itas, mientras que yo me salto las reglas, ¡las cambio! ¿Eres una regla? ¡Pam! ¡Pum! (Golpea con el puño contra el viento) ¡Fuera, fuera regla, fuera! (Valerio intenta meterse en el juego tapándose las orejas). Ahí está tu regla, tu reglita. ¡Sclaf! ¡Sclaf! (Hace un gesto de dar dos tortas a alguien). ¡Ya no la puedes ni reconocer! Y yo te comí la reina y tu hiciste "ah", imperceptibilísimamente, ¡pero te oí! ¡Porque yo pienso cri, cri, veo cri, cri, oigo cri, cri! No te diste cuenta, y yo, ¡¡aaahhhmmm!! ¡La reina! Gané la Copa de Campeones de cri, cri.

Valerio. Si te gusta pensarlo así, piénsalo. Pero ahora cálmate.

Antonio. Debo aprender a escribir para poder hacer una lista de los secretos que tengo que transmitir. Daré vueltas por el mundo buscando viejos abuelos y viejas abuelas que saben cuántas hojas de menta hacen falta para hacer la menta (Se pone a escribir). Hipopoooooootamo, portaaaaaaaaaaaada,...

Valerio. No, portada no tiene acento.

Antonio. Contra más acentos mejor. Aprendeeeeeeer, transmitiiiiiiir... (Se oye la puerta de entrada).

Valerio. Ya está aquí Mariana.

Antonio. Abre la pueeeeeeeeeeerta, entra en el pasiiiiiiiiiiillo, da cuatro paaaaaaaaasos y ¡¡¡apareeeeeeeeeeeeece!!! (En el vano aparece Mariana, sonriente. Lleva el pelo teñido de rubio, con un chal rojo sobre la espalda).

Mariana. ¡Hola! (Valerio se ha quedado mudo).

Antonio. (Con una risa agudísima). ¡Risa en oro de la Ceca! (Se lanza hacia Mariana para abrazarla, pero ella le evita dando vueltas a la mesa y riendo a su vez. Pero Antonio la alcanza y la toma con dulzura por la mano izquierda, mientras Valerio les mira atontado). Ta-tatata, ta-tatata... (Canturrea la marcha nupcial y le coloca un anillo invisible en el anular, después ríe. Mariana también ríe). Naturalmente podrás salir, ver a las amigas, hacer la compra en el supermercado, yo no voy a impedírtelo, te lo prometo (Se da la vuelta, saca del bolsillo el espejito y la contempla en la forma acostumbrada).

Mariana. (A Valerio) ¿Qué tal me sienta?

Valerio. (Lívido). Habías dicho que el rubio no te gustaba.

Mariana. Entonces tenía 16 años, y no podía saber. Ahora me gusta.

Antonio. (Mirando siempre por el espejito). Naturalmente aún tendrán que crecer, por el viento mistral. Mariana dice que sí, basta con pedírselo.

Valerio. Si te lo hubiese pedido yo, no lo habrías hecho.

Mariana. No seas celoso. Lo he hecho por el bien de todos, también por el mío (Entra en la cocina y vuelve enseguida con una manzana en la mano).

Antonio. ¿Sabes, hermanito? Hay mujeres que te hacen sentir su olor, y tú olisqueas y meneas la cola, ¡pero prueba a tocarlas! Enseguida se escurren como una pastilla de jabón y te cierran la puerta en las narices (Risotada). Y nosotros en la orilla a mirar las sirenas, ¡con las manos adivina dónde! Y ella se ríe y se va a hacer el amor con los delfines. ¡La puta de los mares! (Ríe vulgarmente, volviéndose hacia Mariana que se muestra molesta).

Mariana. ¿Por qué dices eso? Ya está bien (Se sienta junto a Valerio).

Antonio. Esto es vida, pequeña. Ma petite (Ríe como un bribón). Y se fue... se fue... (Se sienta en el sillón de la derecha con Ricitos entre los brazos. Mariana come la manzana).

Valerio. (A Mariana). El, antes, era un poco vulgar. Un tanto despreciable. Tenía también su parte buena, no digo que no (Antonio se ríe). Sí, ríete, ríete. Fíjate que dejó embarazadas a dos. Una en Francia. Porque vivió un año en Francia, cuando era joven. Era un artista. Después encontró a Isabel y se calmó un poco. Pero siempre un poco raro, cambiaba de parecer y era difícil. En una cosa era siempre coherente: le gustaban las rubias.

Mariana. ¿Y a ti no te gustan las rubias?

Valerio. (Tomándola de la mano) Tú me gustas siempre. Morena, rubia, castaña. Me gustas porque eres tú. Hasta con el pelo blanco (Mariana le mira sorprendida). Sí, te imagino también así. Cándida. Te sorprendes. Muchas veces te he imaginado vieja. Y yo también viejo. Dos viejecitos. ¿Y sabes una cosa? Eso no te lo esperas: ¡me gusta!

Mariana. ¿Qué?

Valerio. Sí, y sonrío, sonrío como un loco (Sonríe débilmente).

Mariana. Pero ¿por qué hay que pensar en la vejez? Piensa en las mariposas, en las mariquitas. ¡Piénsame joven, por favor! ¡Piensa que estoy cogiendo flores, que estoy comiendo una sandía! (Se lleva los restos de la manzana a la cocina).

Antonio. (Levantándose). El jardín está lleno de nidos. He contado más de mil. Conozco uno de un jilguero (Vuelve Mariana) ¡Párate! (La mira por el espejito). No te des la vuelta. Eso, así. Tienes los labios fríos. Es la brisa. Las flores sufren. No te muevas, vuelvo enseguida. Vuelvo con el viento, que limpia y seca (Se dirige al pasillo de la izquierda, mirando por el espejo. Desaparece. Unos instantes después se oye el ruido del espejito que cae al suelo y se rompe).

Valerio. ¡Vaya! ¡Siete años de desgracia!

Mariana. ¿Pero tú crees en esas cosas? (Le acaricia).

Valerio. Es la primera vez que eres amable conmigo después de tantos días.

Mariana. Todo es tan difícil... Si me ocupo de él me abstraigo tanto que no puedo ocuparme también de ti, de nosotros.

Valerio. Porque te has metido en la cabeza curarlo, por eso.

Mariana. No...

Valerio. Sí, creo que sí, lo percibo... Pero no se puede curar; sólo cuidarlo. Es irrecuperable.

Mariana. No lo sé, algunas veces...

Valerio. No lo digo yo, lo dicen los médicos.

Mariana. Es una persona inquietante. Me pone en apuros, me hace pensar.

Valerio. Los locos siempre son inquietantes. ¿Quieres que pruebe yo también? Es fácil. Abro la ventana, tiro la nevera a la calle y grito: "La luna es azul"... Enseguida me he convertido en interesante. Porque tú... es eso lo que pretendes cuando dices inquietante. ¡Quieres decir interesante! Para complacer a las mujeres hay que hacerse pipí encima y decir que la luna es azul. "¡La luna es azul!" "¡Te amo!". "¡La luna es azul!". "¡Ah, que hombre más interesante! ¡Inquietante!" (La abraza). La luna es azul. Pero... con algunas rayitas amarillas.

Mariana. No sé si reír o llorar.

Valerio. Si te tienes que reír de mí, prefiero que llores. Nunca he hecho llorar a una mujer, debe ser excitante.

Mariana. Abrázame más fuerte.

Valerio. ¿Más todavía?

Mariana. ¿Ya no puedes más?

Valerio. Sí, pero tengo miedo de hacerte daño.

Mariana. No soy tan frágil, abrázame.

Valerio. ¿Así?

Mariana. Más.

Valerio. ¡Ya no puedo más!

Mariana. ¡Más!

Valerio. ¿Más que más? (La abraza más de lo que puede). Qué cansancio (Cede en el abrazo. Le levanta la cara). No pareces muy contenta.

Mariana. Es verdad. Ya no sé lo que quiero.

Valerio. Si me quisieras...

Mariana. Tengo miedo. Te conozco poco. Y no porque te conozca desde hace poco tiempo, sino porque no sé conocer. ¿Y sabes por qué no sé conocer? Porque me conformo. "Baja, baja".

Valerio. No sé que te pasa, pero lo que sí sé es que la culpa es de mi hermano, ¡con sus olimpiadas, sus discursos sin principio ni fin, que parecen discursos de un filósofo! Al principio yo también caí en el error, pero después comprendí. Te ha puesto el gusanillo aquí (Indica la cabeza de Mariana). ¡Qué un gusanillo! ¡Un tigre! Acabarás rota por tus propios pensamientos.

Mariana. (Se sienta en el sillón de la derecha). Tengo un pequeño pasado hecho de pequeños sueños y de pequeñas certezas heredadas de los míos. Bueno, te los resumo. He tenido dos novios y algunos amantes; nunca pasiones. Luego un largo ayuno, al principio porque quise. Sabes... cuando dices: quiero entender mejor, quiero conocerme mejor. Hasta que me encuentro separada de mí misma. Me miraba desde arriba, como desde un helicóptero, y veía el desastre que se anunciaba, allí abajo, en la soledad, desde mi altura. "Baja, baja". Estoy acostumbrada a concebir la soledad como un desastre.

Valerio. (Sentándose sobre el brazo del sillón). ¿Por eso te has puesto en contra mía?

Mariana. Buscaba un marido (Le acaricia). Aún se usa tener marido. ¿Mi queridito aún no lo sabía?

Valerio. Intenta comprenderme. Soy un tendero de mediana edad y además con un montón de problemas.

Mariana. Tú eras la persona exacta. Bueno, trabajador, honesto, con un hermano desgraciado, es verdad, pero también en buena posición. La tienda, la casa... Me dabas seguridad. Y me ayudabas a volar bajo (Le besa en los labios. En ese momento aparece Antonio: va vestido con un traje de su viejo armario).

Antonio. (Ajustándose la chaqueta). Me está un poco estrecha, pero no mucho. Basta cambiar el botón. ¿Verdad, Isabel?

Valerio. No le contestes.

Antonio. (Autoritario). ¿Verdad, Isabel?

Mariana. (Levantándose). Sí... el botón (Valerio hace un gesto de desagrado).

Antonio. (Con aire de dominio). Los pantalones se pueden alargar un poco. ¿Hay algo para escribir?.

Valerio. (Duro). Hay papel y lápiz encima de la mesa.

Antonio. (Sin hacerle caso). Bueno, toma nota. Dos centímetros los pantalones. ¿Lo has escrito? Uno el botón de la chaqueta, uno y medio, por seguridad. ¿Qué tal me sienta?

Mariana. Parece hecho a medida.

Antonio. (Intenta mirarse la espalda). ¿No hay un espejo en esta casa?

Valerio. Tenías uno, ¿dónde lo has metido?

Antonio. No lo encuentro. ¿Lo habéis visto? Era un espejo de bolsillo, con un marquito negro, y cuando se cae se rompe y hace "¡sclinn!"... ¿alguien lo ha visto? (A Mariana). Era tu traje preferido, te acuerdas? No he engordado tanto. Menos pasta, menos pan. Dieta (Se registra en los bolsillos). ¿Qué es esto? (Ha encontrado una foto vieja) ¡Mira!

Valerio. ¿Qué es?

Antonio. Somos nosotros, yo y mi rubita.

Mariana. ¿Puedo verla? (Se adelanta hacia él).

Antonio. No! (Rompe la foto en cuatro trozos). Es en blanco y negro (Se pone los pedazos en la boca y comienza a masticarlos). No está bien hablar con la boca llena (Traga). Bien. Todas las fotos de una vez... (Sonríe a Mariana). ¿Qué te pasa, has perdido la palabra? Yo te la devolveré. Un poco jadeante, pero volverá. La palabrita con las rodillas arañadas (Ríe, luego coge a Mariana por debajo del brazo y la arrastra hacia el fondo. Se vuelven hacia Valerio. Parecen en pose para una fotografía) ¿Vale? ¡Dispara! ¡Flash! (También Mariana ríe divertida). Dime, hermanito... ¿no hacemos una pareja estupenda? (Un momento de inmovilidad, y después oscuridad de repente).
 
 
 
 
 

CUADRO 4º

Domingo por la tarde, fuera ya es de noche. En el búcaro encima de la mesa hay un ramo de flores. Valerio está sentado delante de la TV en marcha. La habitación está inmersa en la penumbra, apenas con la luz de la pantalla. Un speaker está leyendo los resultados de los partidos de fútbol. Valerio escucha distraídamente; está visiblemente nervioso. Después de repente se levanta, va al teléfono, pero antes de coger el auricular se para, gira sobre sí mismo, camina nerviosamente, mira el reloj a la luz del TV, se vuelve a sentar. El speaker continúa con su lista de resultados. Valerio se vuelve a levantar, vuelve al teléfono y empieza a marcar un número. Pero una vez marcadas las dos primeras cifras vuelve a colgar el teléfono y sale a la terraza. Se asoma, mirando hacia abajo. En ese momento suena el timbre de la puerta. Un sonido largo, repetido, descarado. Inmediatamente después una llave gira en la cerradura. Se oye el ruido de la puerta de entrada que se abre y las risas de Antonio y Mariana.

Antonio. (Desde el pasillo). ¡Riiiing, riiiing!. ¿No hay nadie? ¿Se puede entrar? ¿Molestamos? (Se oye con más fuerza la risa de Mariana). ¿Es la hora del té o la hora del café?

Mariana. Perdona, ¿sabes qué hora es? (Ríen juntos).

Antonio. ¡¡¡Hermanito!!! (A coro) ¡¡¡Valerio!!!

Mariana. Ha apagado las luces.

Antonio. No la enciendas, ¡que se cabrea!

Mariana. ¡Ah, ya... se llama pequeña economía familiar! (Ríen, aparecen. Parecen alegres y felices. Quizás están un poco demasiado contentos). ¡No está, nos ha abandonado!

Antonio. Paz a su alma, tenía que haber frenado antes (Valerio sujeta firmemente un búcaro de flores y lo lanza a sus pies. El búcaro se rompe con un gran ruido. Mariana lanza un grito).

Mariana. ¡Ah... está ahí! (Valerio enciende las luces).

Antonio. (Mirando los trozos rotos esparcidos por todas partes). Hermanito, ¿has pensado en las consecuencias? Habrá que barrer, lavar, secar... (Risa contenida).

Valerio. ¡Ya está bien! ¡Parad de reír!

Mariana. Si no ríe nadie.

Antonio. Es verdad, hermanito. He hecho una encuesta en la finca: todos están serios.

Valerio. ¡Cállate! (A Mariana). ¿Dónde habéis estado? ¿Por qué habéis tardado tanto?

Mariana. ¡Ah, esto es una escena en toda regla!

Valerio. ¿Y por qué no? (Antonio ríe). ¡Tú cállate! (Antonio se sienta en el sillón delante de la TV. Desde ahora escucharemos de fondo voces y sonidos de varios canales, del zapping de Antonio). Espero, espero, y vosotros nada. Las tres, las cuatro, las cinco... ¡Ya son más de las ocho! ¿Qué tenía que pensar?. Dímelo, ¿eh? Dímelo tú, porque yo no lo sé.

Mariana. Piensa lo que quieras. ¡No me importa, viendo lo cerrado que eres!

Valerio. ¿Cómo? ¿Cerrado yo? ¡Vaya, hombre, por fin un discurso claro!

Antonio. (Riendo) ¡Cerrado!

Valerio. Tú cállate.

Mariana. No lo suficiente. No lo suficiente claro. Abre bien los oídos, señor cerrado: esta vez me voy de verdad (Se dirige hacia el pasillo, pero Valerio le interrumpe el camino).

Valerio. Habéis salido a las dos y media diciendo que ibais a tomar un café.

Mariana. ¡He dicho que me voy!

Valerio. Teníais que estar fuera una media hora y después nos íbamos al cine juntos. ¡Como todos los domingos!

Mariana. Hemos cambiado el programa. Nos hemos olvidado de ti. Hacía una tarde estupenda y cuando la tarde es estupenda, me olvido de ti.

Valerio. ¡Al menos podíais haber telefoneado!

Mariana. No tenía fichas (Intenta pasar, pero Valerio se lo impide).

Valerio. Los teléfonos van también con monedas. De cien, de cincuenta, de veinticinco. Van con tarjeta, con el carnet de identidad, con sellos, con el mechero, basta con levantar la voz y se oye, ¡si uno quiere! ¡Si uno quiere! (Antonio levanta exageradamente el volumen).

Mariana. ¡Pero yo no quería, y tu hermano tampoco!

Valerio. A mi hermano lo dejas tranquilo. ¡Baja el volumen, tú! (Sube más todavía el volumen). ¡Te he dicho que bajes la voz! (Se lanza sobre el hermano, intenta quitarle el mando a distancia, pero Antonio le coge por el brazo y se lo gira por la espalda. El volumen de la TV está altísimo. Valerio grita de dolor, tirado en el sillón. Antonio está encima de él).

Antonio. ¿Te lo rompo? ¿Qué te parece? ¿Te lo rompo?

Mariana. ¡No! ¡Déjale! (Antonio aprieta un poco más. Valerio grita). Déjale estar, por favor. (Antonio le suelta. Mariana baja el volumen del televisor).

Antonio. Dale las gracias (Hincha los músculos como haría un culturista, después se vuelve a sentar delante de la TV. Valerio se ha sentado a la mesa y se da un masaje en el brazo. Mariana se le acerca y con dulzura le pone una mano sobre la espalda).

Mariana. ¿Te ha hecho daño?

Valerio. ¿Has oído lo que ha dicho? Tengo que darte las gracias. Gracias, Mariana. Ah, sí. Gracias por este hermoso domingo. Un día inolvidable.

Mariana. (Después de un silencio). Hemos paseado un buen rato por el parque. Había una luz hermosa, limpia. El suelo estaba cubierto de hojas amarillas y rojas. ¡Qué colores más bonitos! Y él hablaba y no parecía ni un loco, ni un niño. O quizás es que había entrado en su mundo y me gustaba tanto que me he perdido en él. Parecía un sueño, un sueño que he tenido siempre: encontrar un hombre que me hiciese perder la noción del tiempo. La tarde pasó como un relámpago. Salimos del parque y él decía: Acompáñame aquí, acompáñame allí... es increíble, conoce toda la ciudad.

Valerio. Sí, ¡por supuesto! Hacéis una hermosa pareja. Has encontrado el príncipe azul, felicidades. ¿Y cuándo es la boda? Ah, dime: ¿me puedo quedar o queréis toda la casa para vosotros?

Mariana.  No entiendes nada..., ¿cómo te lo puedo explicar?

Antonio. Perdonad,  ¿no podríais hablar más bajo? Si no, tengo que subir el volumen.

Valerio. No hay que molestar al amo de la casa (Bajando la voz, a su hermano). ¡Usted perdone!

Antonio. Gracias (Antonio se levanta y se dirige a la cocina).

Mariana. ¿Cómo puedo explicarte cosas que yo misma no entiendo?

Valerio. No tienes por qué estar tan confundida. Basta con que mires al reloj (Entra en la cocina). Siete horas, ¡habéis estado fuera siete horas! En siete horas se puede llegar a... ¡a Estambul! (Aparece con una escoba y un recogedor y empieza a barrer los trozos).

Mariana. Si es por eso, aún se puede ir más lejos. El pasado está mucho más lejos que Estambul. En estos días he viajado mucho en esa dirección. ¿Has probado alguna vez? He encontrado de todo por el camino. ¡No tenemos ni idea de lo que dejamos a nuestra espalda! Y en el fondo en el fondo, allá abajo, estaban mis muñecas, cerca del ferrocarril. Y he recordado sus nombres, uno a uno. Todos sus nombres. Es una locura, ¿verdad? En cambio de los hombres no. Quiero decir, no de todos. Te parecerá extraño pero he olvidado algunos nombres.

Valerio. Yo me llamo Valerio, por si acaso.

Mariana. Las voces no. Las voces no se recuerdan. Cerraba la ventana, me tapaba las orejas, me concentraba. Nada. Es lo primero que se olvida. Las caras también. Están y no están, vienen y desaparecen. Si las asocio con un vestido, o con una corbata, las recuerdo mejor. Pero recordar un rostro sobre un cuerpo desnudo es casi imposible.

Valerio. (Que ha acabado de recoger los trozos). Yo te recuerdo bien, muy bien.

Mariana. Ahora sí, pero ¿y dentro de un año?

Valerio. Dentro de un año estaré en el manicomio y tú estarás casada con el príncipe azul. Estaréis en Estambul (Entra en la cocina).

Antonio. Mariana.

Mariana. ¿Sí?

Antonio. Por favor, ¿me haces un café?

Valerio. (Entra de nuevo peinándose). Ya hemos llegado a la etapa del café en el sillón. No le has dicho cuánto azúcar quieres.

Antonio. Ah, sí. Es verdad. Un poco largo. Gracias. (Continúa mirando la TV).

Valerio. (A Mariana). ¿Qué? ¿No vas a hacerle el café?

Antonio. Bueno, ¿qué?, ¡el café!

Mariana. (Sigue el juego divertida). Un momento, que ya he puesto la cafetera al fuego.

Valerio. (Sarcástico). ¡Para mí corto, por favor!

Antonio. Pues para mí largo. ¡Ya está hirviendo! ¡Ya sale! ¡Cuidado que se sale! ¡Apaga el fuego! Valerio. Sí. Gracias, dos. Muévelo, muévelo. Así, gracias (Bebe en una imaginaria taza) ¡Uf! ¡Quema!.

Mariana. Pues sopla.

Antonio. (Sopla y bebe) Está bueno. Muy bueno. Me tienes que decir cómo lo haces, porque a mí no me sale nunca tan bueno (Bebe un último sorbo). Bueno, muy bueno. Me hacía falta.

Mariana. Aún hay algo que no te he dicho.

Valerio. ¿Sí?, ¿qué?

Mariana. Hemos ido al cine.

Valerio. (Casi dolorido). ¡Sin mí!

Mariana. Al Coliseum.

Valerio. ¿Al Coliseum? Pero si es un cine porno.

Mariana. ¡Tú también me quisiste llevar la otra tarde!

Valerio. Sí, ¡pero no quisiste porque te daba vergüenza!

Mariana. Pero con él es distinto, era como un juego, un juego inocente, ¡intenta comprenderlo!

Valerio. ¡No entiendo nada! ¡Guarros! ¡Guarros! ¡Además de día, que te ven todos!

Mariana. Me ha llevado él, conocía la calle perfectamente. Forma parte de las regresiones, como dices tú. Dice que se lo ha enseñado Ricitos...

Valerio. Sí, Ricitos... ¡Y a lo mejor te ha gustado!

Mariana. ¡Sí, me ha gustado! ¡No ha estado mal, nada mal! De vez en cuando va bien para levantar el ánimo, tenías razón. Creo que volveré.

Valerio. La habéis visto dos veces, por eso habéis llegado tan tarde.

Mariana. Por favor... (Se sienta a la mesa y hace una señal a Valerio para que se siente él. Valerio obedece a desgana). Cuando salimos ya estaba oscuro y nos sentamos en un café y bebimos un poco, yo tampoco bebo nunca, y hablamos y nos reímos, tu hermano es muy especial y al final estábamos un poco chispas y me gustaba... Ha sido un domingo muy hermoso, porque por fin sentí algo que se movía, aquí, en esta parte del corazón, y yo no quería que se parase, y decía: "¡Salta, salta, vale, corre!". No me preguntes qué era, no te preocupes. Te lo digo por tu bien, y te lo suplico, lo que quieras decirme o pedirme, hazlo, ¡pero deja un resquicio por donde pueda salir! (Llora).

Valerio. Amén.

Mariana. Amén.

Valerio. Te has enamorado de él.

Mariana. ¡No!

Valerio. Sí (Con un ligero sobresalto y desesperado, hace intención de disparar con una ametralladora). Ta-ta-ta-ta-ta... por fin fusilamiento de la infancia.

Antonio. (Apaga la TV y se levanta de golpe) ¿Dónde están mis juguetes? He hecho una pregunta. En esta casa uno se tiene que responder a sí mismo. "Están allí, ¿no los ves? ¡Delante de tus narices!" Ahora los recogemos (Se agacha y empieza a recoger los juguetes esparcidos por tierra). El barquito de los sueños, la peonza de los placeres, el osito de las mentiras... y también tú. También tú, también tú (Recoge los otros juguetes. El último es un dinosaurio de plástico). También los dinosaurios desaparecen de golpe de la faz de la tierra. Estudios recientes han demostrado que fue el propio Dios en persona que los tiró fuera de la terraza. Por eso hay que estar preparados para todo. La próxima vez nos podría tocar a nosotros (Se va a la terraza). Ánimo, muchachos. Nadie os verá. Tomad la calle de la izquierda, después del semáforo (Tira los juguetes por la ventana). Daos prisa, daos prisa, ¡corred! (Vuelve. Valerio y Mariana le miran inmóviles). Si tardan tanto en llegar al semáforo no los cogerá nadie (Se apagan las luces de golpe).
 
 
 
 
 

CUADRO 5º

Es lunes por la mañana, muy pronto. Fuera empieza a hacerse de día. Antonio está sentado a la mesa, escribiendo. Silabea, medio silbando. Va descalzo. Lleva una camiseta de marinero y unos pantalones de smoking.

Antonio. Aparieeeeencia... enfermedddddad, indecccccible... tentacccccción (Aparece Mariana en bata. Parece muy cansada. Cruza la habitación dirigiéndose a la cocina. Antonio la mira pasar) Hola, Mariana.

Mariana. (Sin mirarlo) Hola, Antonio (Entra en la cocina).

Antonio. Mariana...

Mariana. ¿Sí?

Antonio. Quería decirte... que estás muy guapa por la mañana, nada más levantarte.

Mariana. Mentiroso, te crecerá la nariz.

Antonio. ¡No! El insomnio te hace más dulce.

Mariana. (Aparece en el umbral con un vaso de leche en la mano) ¿De verdad? (Bebe).

Antonio. Sí. Me gusta la vena azul que tienes en la sien (Señala su propia sien).

Mariana. ¿Tengo una vena azul?

Antonio. Es la vena de la ansiedad. Aparece y desaparece, como ciertas islas.

Mariana. Qué extraño. (Pone sobre la mesa el vaso medio vacío y entra en el baño).

Antonio. En las venas está escrita toda la verdad.

Mariana. Lo tendré presente.

Antonio. (Se levanta y se acerca a la puerta). ¿Puedo estar sentado aquí fuera?

Mariana. Sí, pero no mires.

Antonio. Una cerradura sin llave es una tentación muy grande, ¿sabes?

Mariana. No debes mirar.

Antonio. Bueno, bien, no miraré. (Mariana ríe. Antonio toma una silla y se sienta junto a la puerta). Te prometo que no miraré.

Mariana. ¿Por qué te has levantado tan pronto?

Antonio. Estudio los acentos. Debo recuperar (Ruido de agua en el baño) ¿Mariana?

Mariana. ¿Sí?

Antonio. ¿Me oyes si hablo?

Mariana. Sí, pero grita.

Antonio. ¿Así? ¿Oiga? ¿Oiga?

Mariana. ¡Sí, sí! ¡Recibido!.

Antonio. Me gustaría hacer el amor, adivina con quién. También la Meñiquita está de acuerdo.

Mariana. Soy la novia de tu hermano.

Antonio. Si el problema es cortar la mantequilla, no importa si el cuchillo tiene una punta, o es redondo. Sería suficiente con una cuchara.

Mariana. ¿Cómo? ¿Qué dices?

Antonio. ¡He dicho que sería suficiente una cuchara!

Mariana. ¿Para qué?

Antonio. Para cortar la mantequilla.

Mariana. ¿Quieres desayunar?

Antonio. Era un ejemplo.

Mariana. Si esperas diez minutos desayunamos juntos.

Antonio. Sí, sí.

Mariana. Mientras tanto saca la mantequilla de la nevera. Y la leche también.

Antonio. ¡Scrick, scrack!

Mariana. ¿Son los grillos?

Antonio. No. Es el ruido de las zapatillas cuando el tiempo anda por el pasillo.

Mariana. Entiendo. Está bien.

Antonio. No, no has entendido. Si supieras qué infierno es la infancia para nosotros los mayores. Desde mi nicho he observado el mundo. He catalogado miles de miradas para cada una de las circunstancias del día y de la noche. Nunca había bastantes y en mi horizonte no había más que ojos. Después vinieron las sonrisas y después las narices. Y así mi vida tomaba su propio rostro. ¡Por fin! En espera del bendito diluvio que jamás se decide a venir. Y luego los médicos, en fila de tres, a los que mi hermano me llevaba, sobre todo durante los primeros años, después, como era natural, se resignó, con un beso, como las madres hacen con los hijos para consolarles de aquella amargurrrrrra indeccccccible que hace temblar las montañas y gruñir el cielo. Diciembre... enero... febrero... y escuchaba la tempestad, la lluvia que golpea con fuerza... ¡qué ruido en la cabaña! (Se levanta, se acerca a la puerta de la terraza y mira hacia fuera). Y veía volar a los gorriones y abajo mi padre, agarrándose el sombrero porque algunas veces le asomaban los recuerdos... "¡Tonín, socorro! Somos nosotros, los recuerdos". Estaban allí, agarrados a la cornisa y yo les pisaba los dedos para hacerlos caer, ¡como en las películas! Pero aún no era el diluvio y entonces volvía a la ventana y miraba hacia abajo, ¡allí, allí está, las mujeres con el cabello al viento! ¿Me sigues? (Vuelve al baño). ¡Oh, rubita, estoy hablando de mí, desciende a mis secretos (Se vuelve a sentar). He visto pasar a tantas y las he deseado... Se me ha agudizado el oído, sí, oigo las costuras elásticas cuando se aprietan contra la piel y cierta ropa interior que sube y baja con un ritmo que produce un ruido parecido al de un ratoncito quitándole las pulgas a su compañera, porque hay muchos ratoncitos en el árbol de la finca. ¿Te crees que miento? ¿Sí?, ¿crees que digo mentiras? Nosotros sabemos que siete por siete son 49 pero hay algunos días en los que todo es tan imperfecto, sobre todo hacia las seis y media... (Se levanta, habla con la nariz pegada al cristal de la puerta del baño). Quiero hacer el amor contigo, Mariana. Con calor, con delicadeza, temblando tal vez, vivamente. ¿Me oyes? Qué quieres que sea, un pajarito, apenas te darás cuenta y después te preguntaré cosas muy bonitas, te pregunto ya una, estate atenta: ¿tú crees que Dios tiene ombligo? No hace falta que respondas enseguida, reflexiona. ¿Oiga? ¿Me oye? ¿Oiga? (La puerta del baño se abre. Sale Mariana en ropa interior). Aquí estás. ¿Ves?, el ruido de las costuras elásticas... sobre tus nalgas blancas y firmes y, sobre tus caderas redonditas, donde los labios de mi hermano no han llegado nunca, di la verdad, Mariananina, te gustó el porno, creo que sí. Después de toda aquella luz en el parque... sabes, yo me sentía rodeaaaaado, abrazzzzzado, estranggggulado por la luz, qué angustia, por eso te llevé allí, di la verdad, mejor, mucho mejor el Coliseum que aquella sopa de ternura que cada día el marido pone en el plato, ¡yo soy como tú, muchacha! Bailemos, bailemos, bailemos encima de los hilos de alta tensión, ¿me escuchas? ¿Me escuchas? ¿Oiga? ¿Oiga?

Mariana. Cállate, ahora. Un poco de silencio, por favor.

Antonio. (Acariciándole el pelo y la cara). Oh, sí, silencio. También los he catalogado, los silencios. Hay un silencio que me gusta mucho, es mi silencio preferido, es un silencio cri, cri, es el silencio del diluirse, del desaparecer... Es el silencio del cubito de hielo abandonado en una vaso sobre una mesa de mármol en el jardín (Se besan. Antonio le acaricia por todo el cuerpo. Después se detiene de golpe, riendo). ¡No llevas bragas!

Mariana. (Que ríe) ¡Yo duermo sin bragas!

Antonio. Ah, vaya (Se separa de ella).

Mariana. ¡Quién sabe de quién eran las gomas que has escuchado! (Sigue riendo).

Antonio. (De repente serio). Qué guapa estás cuando te ríes, qué guapa cuando te despiertas. Muñeca mochuelo. Eres mi Olimpiada, ¿eh? Pequeña puta desvirgada.

Mariana. (Un poco atemorizada). Ya está bien. Llegaré tarde (Vuelve al baño.

Antonio. No, espera. Te sigo. Es el perseguimiento. (El entra también en el baño).

Mariana. ¡Sal! (Se oyen ruidos, cae una botellita y se rompe). ¡Déjame¡, ¿qué haces? ¡No, no! ¡Socorro!

Antonio. Perdón, perdón. ¡Vale, vale!..

Mariana. ¡No quiero, no! (La puerta del baño se abre de par en par. Mariana sale asustada. En ese momento entra Valerio corriendo, con la camisa fuera de los pantalones y el pelo deshecho, Mariana se ha acurrucado en el suelo, junto al sillón de la derecha).

Valerio. ¿Qué pasa? ¿Qué te ha hecho esta vez? ¿Qué te pasa?. (Mariana tiembla y no habla) ¿Te ha asustado? ¿Qué ha pasado?

Mariana. Me ha querido forzar.

Valerio. ¿Qué dices?

Mariana. Me ha atacado en el baño. Me ha manchado toda.

Antonio. (Saliendo del baño, tímidamente y agachado, limpiándose con una toalla). No es nada, no es nada.

Mariana. (Grita) ¡Qué asco!

Valerio. (Grita también él, dando un puntapié a una silla que se cae). ¡Bingo! ¡El gran amor! ¡Enhorabuena, enhorabuena!.

Mariana. No, por favor, no...

Valerio. Querías curarle, más aún: Redimirle, ¿eh? ¡Bien, bien! ¡Heroína mística!

Mariana. No, no, no!

Valerio. ¡Miro hacia arriba porque dentro de poco será tu ascensión y quiero verte mientras vas hacia arriba! (Mariana corre hacia el pasillo, Valerio la detiene).

Mariana. ¡Déjame! (Sale por la izquierda seguida de Valerio).

Valerio. Desde que has entrado en esta casa no has dejado de decirme que te deje, ¡no has hecho otra cosa que decirme que te deje!

Mariana. ¡Me falta aire! (Valerio aparece otra vez, está fuera de sí. Coge la chaqueta "de padre" y se la pone).

Valerio. No me esperaba eso de ti. Me has desilusionado.

Mariana. ¡Lo siento!

Valerio. (Se quita la chaqueta que se acaba de poner). No quiero decirte todo lo que pienso de ti. ¡No te lo quiero decir! (La arroja al suelo).

Mariana. ¡Dime lo que quieras, piensa lo que te dé la gana!.

Valerio. ¿Buscabas un marido? ¡Lo habías encontrado: yo!, yo soy el marido ideal, para quien no lo haya entendido. (Coge el ramo de flores). ¡Pero si buscabas la luna azul, no tenías que haber venido aquí!. (Destroza las flores con rabia y las tira al suelo).

Mariana. ¡Me he equivocado! ¡Pero no, no, he cambiado de idea!.

Valerio. ¡Fácil, fácil! ¡Demasiado fácil! ¡Mi querida muchachita! (Mariana entra de nuevo con jeans y camisa: tiene en la mano las dos maletas y varios vestidos debajo del brazo. Valerio le coge los vestidos como para impedirle que se vaya. Mariana tira al suelo las dos maletas y las llena de cosas personales recogidas desordenadamente por todos los ángulos de la casa).

Mariana. ¡Tú eres un pequeño hombre y yo quiero volar alto, alto, alto! ¡Aunque me rompa el cuello!

Valerio. ¡El cuello que se ha roto es el mío! ¡Y ahora te vas como si no hubiera pasado nada!

Mariana. El daño es para mí, sólo para mí. ¿No lo entiendes? ¡Despierta, muchacho!

Valerio. ¡Sí, despiértate! ¡Volar! ¡Nubes, nubes! (Tira al suelo la maleta, los vestidos, que se esparcen por el suelo). Mete las nubes en tu maleta. Y mete también a mi hermano. No lloraré si te lo llevas contigo. Mejor. Os regalo un abono para el Coliseum.

Mariana. Gracias, nos veremos allí.

Valerio. Procura no olvidarte de nada, ¿eh? No quisiera que volvieses mañana con la excusa de que se te ha olvidado algo (Entra en el baño).

Mariana. No me esperes.

Valerio. ¡Date prisa!

Mariana. ¡Eso es lo que hago! (Entra en la cocina y sale con algunas cosas que pone en la maleta).

Valerio. (Saliendo del baño le arroja un paquete de Tampax). Esto también. Y llévate todas esas tisanas de berzas y repollos. Y tus bistecs de soja. Por poco nos matas (Grita). ¡No me gusta la soja!

Mariana. A mí no me gusta la vida como la he vivido hasta hoy. Y tampoco me gusta la de los otros. Y mucho menos la tuya.

Valerio. Te lo hubiera dado todo, ¡todo!

Mariana. Muchas gracias. Pero lo que yo busco no lo tienes. ¿Me comprendes?

Valerio. No. Nunca. Las cosas tienen un nombre. Explícate. Di los nombres. Al menos uno. ¡Dime qué buscas!

Mariana. No lo sé (Tiene lágrimas en los ojos).

Valerio. Yo te ayudaré: ¡talonarios, anillo con brillantes, villa con piscina! ¿Qué? ¿Coincide? ¡Escúpelo! ¡Dilo!

Mariana. Inocencia.

Valerio. ¡Yo soy inocente!

Mariana. No, tu hermano tiene razón. Tú eres únicamente un común mortal adulto incólume.

Valerio. ¿Y eso es un delito?

Mariana. Sí.

Valerio. ¡Pues lárgate, corre! ¿Qué esperas? (Va al pasillo, grita). Antonio, ven a saludar. ¡Mariana se va!

Mariana. (Arrodillada en el suelo junto a las maletas). Sí, Mariana se va y no volverá más. Mariana está buscando lo que aquí no existe (Habla como si citase el "libro portada"). Para encontrar lo que no existe hay que viajar mucho, aprender idiomas, vacunarse muchas veces. Para encontrar lo que no existe hay que trabajar durante años, años de dolor con pocos días de luz. Hay que trabajar duro. Para encontrar lo que no existe se necesita una fantasía loca y un corazón suave, cosas que los hombres mediocres no poseen. Para encontrar lo que no existe hay que emplear todo el tiempo, toda la fuerza, toda la alegría. Buscando lo que no existe aprendes a conocerte a ti mismo y se descubre que quien lo intenta continuamente es siempre más feliz que quien huye.

Valerio. Eso lo has leído en el libro portada.

Mariana. Sí. Es un libro muy hermoso. Lástima que lo hayas utilizado únicamente para tranquilizar a tu hermano. Si lo hubieses leído mejor quizás hoy nos iríamos juntos (Antonio aparece en el pasillo. Está vestido como al principio).

Antonio. Mariananina, por favor, ¿no tendrás un espejito? He intentado hacerlo así, pero sin espejito no se ve nada (Hace el gesto del espejito retrovisor). Ni con la derecha ni con la izquierda.

Mariana. Te puedo dar el mío. Espera (Busca en la maleta, abre el neceser, coge un espejito y se lo da a Antonio. Este lo coge y enseguida ve reflejada a Mariana).

Antonio. Así. Estupendo. Por fin te veo.

Mariana. (Volviendo a cerrar la maleta). Te lo regalo.

Antonio. Gracias. ¿Te vas?

Valerio. Sí. Y tiene mucha prisa (Mariana se pone el impermeable).

Antonio. ¿Y te vas lejos?

Valerio. Lejísimo. Imagínate. Se va a buscar lo que no existe.

Antonio. Entonces seguro que encontrarás a Ricitos. Le saludas de mi parte. Y le dices que en esta casa siempre hay un sitio para él.

Mariana. Se lo diré.

Antonio. ¿Tengo que intentar retenerte?

Mariana. No, es inútil (Con las maletas en la mano se dirige hacia la salida).

Antonio. Yo también quiero hacerte un regalo (Coge el viejo libro del aparador). El libro portada. Tómalo. Regalo de la casa (Mariana mira a Valerio que aparta la vista. Coge el libro).

Mariana. Gracias (Se va aprisa por el pasillo de la derecha. Sólo entonces nos damos cuenta de que en el suelo, al pie del perchero, está el chal rojo).

Antonio. Si quieres quedarte, aún estás a tiempo... (Ruido de la puerta de entrada que se abre). ¡Hazlo por mi hermano! (La puerta se cierra. Antonio mira en el pasillo). ¡Cucú! ¡Ya no está Mariana! (Un largo silencio, pesado). Hermanito... (Valerio no contesta). Valerio... ¿crees que Mariana será rubia siempre? (Valerio se dirige hacia la puerta de la terraza). ¿A ti te gustaba más morena o rubia? A mí rubia. ¿Y a ti? ¿Y a ti? ¿Y a ti?.

Valerio. Cállate (Mira fuera de la ventana).

Antonio. No me has contestado. ¿Te lo vuelvo a preguntar?

Valerio. Morena.

Antonio. Mejor rubia. Así desde arriba no se le ve si se esconde en el trigo.

Valerio. No huye. Persigue (Antonio registra en un cajón del aparador). ¿Qué buscas?

Antonio. Miraba si por casualidad ha quedado algún juguetito.

Valerio. Los tiraste todos por la ventana.

Antonio. En el fondo de los cajones siempre hay sorpresas. Como al fondo de un callejón sin salida. ¿Te ha pasado alguna vez? Una vez llegué al final de un callejón sin salida. ¿Sabes qué había? No lo adivinarías nunca. ¡Había una salida! (Se ríe).

Valerio. Yo sé todo lo que hay en mis cajones. Puedo hacer un inventario en cualquier momento. De memoria. No tengo necesidad de rebuscar (Silencio).

Antonio. Tengo hambre. ¿Tú tienes hambre?

Valerio. No (Se sienta en el sillón de la derecha)

Antonio. ¿Ni siquiera un poquito?

Valerio. No (Que ha encontrado en la silla un álbum de Topolino).

Antonio. ¿Y sed?

Valerio. No (Hojea el álbum).

Antonio. ¿Tampoco tienes sed? ¿Ni tampoco sed del que dice, "Bueno, beberé después"?

Valerio. Tampoco (Silencio. Valerio continúa hojeando mecánicamente el tebeo).

Antonio. ¿Cuándo vuelve el papá?

Valerio. Creo que ya no volverá. Se ha dejado aquí su sombrero.

Antonio. ¿Y la mamá?

Valerio. Ella tampoco.

Antonio. ¿Y Mar... e Isabel? (Valerio no contesta. Antonio se acerca al perchero). Hermanito... escucha... ¿puedo jugar con esto? (Señala las ropas que cuelgan allí) Sólo un momento.

Valerio. Bueno. Diviértete (Antonio se pone la peluca gris, después la chaqueta "de padre", después el sombrero, se mira en el espejito, ríe, se lo quita todo y se pone la peluca rubia. Ve en el suelo el chal rojo de Mariana, se lo pone sobre los hombros y se acerca a Valerio, que continúa hojeando el álbum).

Antonio. ¡Olimpiada, Odisea, Samotracia! (Valerio le mira asombrado, pero quizás también un poco complacido).

Valerio. Hola Mariana.

Antonio. Estás mejor, ¿verdad?

Valerio. Sí, mejor.

Antonio. Mucho mejor. Mucho mejor, mejorcísimo (Se sienta en el otro sillón. Valerio ha cerrado los ojos). ¿En qué piensas?

Valerio. ¿Cómo? Repasaba el inventario de lo que hay en mis cajones.

Antonio. ¿Pero tú te acuerdas de todo, todo todo lo que tienes? ¿Todo de todo?

Valerio. Todo de todo.

Antonio. ¿También de lo que hay en las esquinas del fondo?

Valerio. Antes de ayer tuve una pequeña duda. Tú crees... ¿mi primer diente de leche se encuentra en la cajita oval o en la redonda?

Antonio. ¡No sabría decírtelo!

Valerio. (Orgulloso). En la redonda. En la cajita ovalada está tu mechón de pelo.

Antonio. Formidable (Silencio. Valerio ha vuelto a hojear el tebeo). Llueve. ¡Clip! ¡Clap!

Valerio. Dos gotas.

Antonio. También el diluvio empezó con dos gotas (Silencio). ¿Crees que nos salvaremos?

Valerio. ¿Cómo? ¿De qué?

Antonio. Oh, nada, nada (Otro silencio. Valerio sigue hojeando. Antonio tiene un ligero sobresalto). ¡Oh!

Valerio. ¿Qué pasa?

Antonio. He oído un lamento.

Valerio. ¿Dónde?

Antonio. En mi corazón (Se mira el pecho por debajo de la camisa). Debe ser alguien que está dentro escondido. Alguien enterrado vivo. ¿Oiga? ¿Oiga? (Las luces empiezan a disminuir) ¿Oiga? ¿Oiga? (Valerio sigue hojeando el tebeo, las luces se apagan lentamente).
 
 
 
 

FIN
 
 



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